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2 de junio de 2014

EL PRÍNCIPE Y LA REPÚBLICA

La Puerta del Sol de Madrid, esta tarde.


Acabo de volver de la Puerta del Sol donde estaba convocada una de las muchas concentraciones políticas que se han convocado hay en España. Mucha gente, bullicio, ambiente tranquilo. Por mucho que algunos hayan querido ver en la jornada de hoy, abdicación de Juan Carlos, una especie de reedición del 14 de abril de 1931, hay que decir que nada de eso.

Aquello fueron otras circunstancias políticas e históricas. Juan Carlos, por mucho que su reputación haya caído espectacularmente en los últimos años, no es un personaje odiado por la mayoría del pueblo, como si lo fue su abuelo Alfonso. En aquellos momentos las fuerzas dinásticas estaban profundamente divididas y exhaustas y existía una oposición concertada desde los famosos pactos de San Sebastián. 

Hoy las fuerzas que amparan el sistema, si bien han sufrido un castigo electoral tremendo, tienen la capacidad de sumar esfuerzos para seguir consolidando las bases del acuerdo constitucional del 77. Y la oposición, tanto la estatal como la independentista o autonomista está fragmentada y no tiene la fuerza, todavía, para inclinar la balanza del cambio a su favor. Otras comparaciones como la de traer al recuerdo los años del enfrentamiento entre el régimen franquista agonizante y la oposición clandestina democrática tampoco tiene mucho sentido.

Sea lo que sea lo que nos depare el próximo futuro creo que hay que insertar el relevo real en un contexto de cambio generacional que bien podría contribuir, de desarrollarse debidamente, al inicio de un proceso de cambios políticos. Que esos cambios impliquen la llegada de un régimen republicano, que es lo que reclamaban los manifestantes de esta tarde, está por ver. Creo que existe un deseo profundo de reforma de las instituciones por parte de la mayoría del pueblo pero que difícilmente ese movimiento va a crecer o mejorar bajo el pabellón republicano, antes al contrario eso puede suponer el retraimiento de amplios sectores populares menos combativos o más acomodaticios. Demos tiempo al tiempo.

No creo en la capacidad taumatúrgica de nadie, menos de un príncipe mas discreto que aventurero y tímido que audaz. Entre otras cosas nuestro sistema político otorga relativo valor a la acción monárquica. Otra cosa es que el que será rey con el nombre de Felipe VI pueda operar dentro del estamento político como un elemento de conciliación y de invitación al cambio. Seguro que ese papel está dentro del espíritu del relevo que hoy se anuncia.

Hace cosa de un año me dio por idear una especie de argumento de novela de política ficción en el cual el príncipe y el rey lanzaban una especie de plan B para la reforma política de España que hubiera llegado al extremo de permitir un referéndum monarquía-república. Según iba trabajando en ese empeño mis escasas facultades como narrador me llevaron a dejarlo aparcado. Hoy voy a rescatar, pidiendo perdón por ello, el primer capítulo de aquella novela inacabada que llevaba por título el mismo que este post: El Príncipe y la República. En días posteriores puede que publique más capítulos de esa aventura.

CAPÍTULO UNO

UNA LARGA CONVERSACIÓN EN EL SALÓN DE INVIERNO

Las frases que mas le impresionaron de todas las que pronunció el profesor fueron las referidas a la juventud de su padre. La conversación facilitada por un sencillo almuerzo y una buena botella de vino de Cangas, sacada de la bodega en honor del invitado, se celebraba en un caserón cercano a Villanueva de los Oscos. El profesor le contó la historia de su abuelo materno. De como compró aquella propiedad en los años anteriores a la República para poder dar una salida razonable a la enorme biblioteca legada por su padre. Le enseñó alguno de los tesoros de familia. Las ediciones originales de libros de Jovellanos. La primera de La Regenta con sus dos tomos encuadernados y aquella ilustración medio juglaresca de sus portadas. El príncipe había llegado a media mañana con dos acompañantes a los que se invitó a marchar por la comarca y volver a media tarde.
Nunca nadie le había contado la dureza de la vida de su padre en el Madrid de los 50 y de los 60. La dificultad de encontrar confidentes con los que poder conversar en plena libertad de la situación de España y de su futuro. La imposibilidad de burlar el férreo control de los libros, periódicos, revistas que le llegaban del extranjero. De la cantidad de noes pronunciados por sus cancerberos para poder entrevistarse con éste o con aquel. Pero sobre todo le impresionó el comentario del profesor sobre lo que la calle decía de futuro monarca. Juan Carlos el Breve, le llamaban. Pensaban muchos, y bien avisados entre ellos, que era algo corto de entendederas y poco amigo del estudio y de los libros.
La historia que le habían contado al príncipe era distinta. El sacrificio del abuelo por enviar a España a su hijo y heredero por el bien de la institución monárquica y para que pudiese compartir vivencias con la sociedad española ya que él no podía hacerlo. Conocía el lugar en el que se había formado su padre, la finca de Las Jarillas, camino de Colmenar. Allí había tenido ocasión de compartir, contaba Felipe, tardes de fiesta, cumpleaños y bodas de amigos. Conocía sus salones llenos de cabezas disecadas de trofeos de caza y  las grandes cornamentas de los ciervos alfa. La serenidad de los jardines y el bullicio del bosque, el confort y el silencio de las habitaciones que daban al este, el rumor de la fuente del patio de atrás. Pero esa atmósfera apenas podía reflejar mínimamente el frio glacial con el que su padre era recibido en los salones cortesanos del franquismo. Quitando el calor de sus pocos amigos y compañeros de la época, seleccionados entre lo mejor de la burguesía del régimen por otra parte y entre los que no podía sentirse seguro con plenitud, la vida de su padre debió parecerse a un exilio dentro de otro exilio. Terrible etapa que los recuerdos del profesor rescataban para él joven príncipe.
Su padre no hablaba casi nunca de aquella época y sí lo hacía era para rescatar anécdotas poco significativas de problemas o malestar. Siempre admirará a su padre por ese temple le dice al profesor. Si él mismo reconoce la escasez de su formación sobre ese periodo de la historia de España es capaz de imaginarse lo que tuvo que ser la vida de su padre en aquellas condiciones. Por lo menos el príncipe tuvo acceso desde adolescente a los grandes pensadores del siglo XX español. Duda, incluso, que su padre tuviese la posibilidad de leer al mismo Ortega. Pero siente que le falta algo. Que le han educado en creencias y en imágenes descoloridas de aquella etapa de la vida de la familia. A su madre tampoco le gustaba mucho comentar sobre aquellos años. El caso es que el Príncipe nota que en su formación sentimental tiene lagunas que le dificultan entender debidamente el periodo franquista. Ha leído todo lo que se puede leer sobre la guerra civil. Desde las versiones mas centristas de los historiadores británicos y americanos hasta las mas cercanas al sentimiento republicano o franquista. Pregunta allá donde puede sobre las vidas personales de la gente de edad. Habla con gratitud de ciertos alcaldes de pueblo de Asturias o de Andalucía que le han narrado con sencillez casos verdaderamente espeluznantes de aquel conflicto. Es lo suficientemente sagaz como para saber que en este caso su desconocimiento es común al de la sociedad española pero le preocupa en la medida que eso le cierra otras puertas de la memoria colectiva. Que él no puede quedarse en la trastienda del comentario intrascendente. Que necesitaría entender más de ese periodo y construirse su propia memoria, su particular forma de entendimiento.
Confía tanto en el profesor que en un momento le confiesa “me casé con el pueblo para conocer la historia que nunca me habían contado y comprobé con espanto que el pueblo tampoco sabía mucho más”. El profesor le dice que no se sienta estafado por ello. Que así son las cosas y que a la fuente del saber siempre se llega después de una larga marcha.
Son muchas las reuniones, en teoría dedicadas al análisis de la vida universitaria de España, que el profesor y el príncipe van a dedicar a conocer las fuentes historiográficas del periodo a partir de esa reunión iniciática celebrada en la tierra nativa del primer Marqués de Sargadelos. El príncipe está obsesionado con el tema y son tantas las preguntas que lanza que el profesor se verá obligado, con la conformidad del primero, a incorporar al diálogo a determinadas personas de su plena confianza. Así es como empieza a crearse un núcleo de colaboradores que se ganan poco a poco la confianza del heredero. A lo largo de los meses, y a pesar del cuidado puesto en la forma de reunirse, siempre aprovechando viajes y otras circunstancias a modo de tapadera, ese grupo levantará las sospechas del entorno del príncipe y serán sometidos a investigación por algunos departamentos de la inteligencia. Los informes que llegan al Rey sobre el famoso grupo, que algunos llaman despectivamente “los consejeros de guardia”, no provocan en el monarca el mas mínimo comentario. Él tiene información de lo que ocurre día a día a través de la mejor fuente de todas: su propio hijo. Si la gente supiera…

9 de noviembre de 2013

Hace 50 años de la muerte de Luis Cernuda


Mientras el recuerdo de muchos otros poetas de su generación palidece o se atenúa, la memoria de Cernuda se agranda de manera que a veces se habla de él como el poeta del futuro. Incomprendido en gran medida en su tiempo- “maricón y rojo” le llamaron los señoritos del régimen- hoy tiene legiones de seguidores y de amantes de su literatura. Por cierto y como información para mis lectores chamberileros diré que el poeta vivió en Madrid en nuestro barrio, exáctamente en la calle Viriato 71.

Hay un texto literario de Cernuda que me asombra particularmente. No es un poema precisamente. Es un pequeño relato titulado “En las costas de Santiniebla” que se inspira en las experiencias que el poeta tuvo durante una visita a Castropol, pueblo costero de la ría de Ribadeo en su vertiente asturiana. Es poco conocido aunque ha merecido la exégesis de un tropel de estudiosos como mi amigo Antonio Masip que le tiene dedicado muchas horas de investigación. Dicen los estudiosos que Cernuda estuvo alojado durante las dos semanas que duró su estancia en la vieja capital asturiana- si, han oído bien, Castropol fue capital de Asturias durante un breve periodo de la guerra de la Independencia. Se alojó en la pensión Guerra mientras que trabajaba para las Misiones Pedagógicas, motivo principal del viaje. Su compañero de alojamiento fue otro destacado voluntario de aquel maravilloso proyecto republicano, Prieto Anguita. Cuenta Masip que en el mismo tiempo y en un hostal cercano se alojaba Dámaso Alonso, cuya relación familiar con la región es bien conocida. Su padre y la familia de su padre eran de Ribadeo. Masip indica que Dámaso Alonso, que no debía ser santo de la devoción cernudiana, es la persona que se oculta tras uno de los personajes del cuento.
El cuento se publicó por primera vez en 1975 en Barral pero es muy difícil de encontrar, incluso en librerías de viejo. En Google Books si es fácil encontrar una versión digital, que coloco mas abajo- no tengo ni idea de si aparecerá en el blog.
Esta pequeña nota es mi contribución a las celebraciones del cincuentenario de la muerte del poeta. La foto que encabeza el post es mía y está tomada una tarde de finales de verano. Es Castropol vista desde la costa gallega, trescientos o cuatrocientos metros de distancia. Castropol aparece envuelta en una niebla espesa y mágica tal como la que posiblemente inspirase a Cernuda para nombrar a Castropol con el bello nombre de Santiniebla.

21 de noviembre de 2012

Cervecerías de ayer y de hoy. La de Santa Bárbara por ejemplo



Isabel Gea, la mas formidable cronista de Madrid, nos sirve desde hace unos meses en su nuevo blog flashes informativos- esto de flash no suena muy madrileño ¿que tal píldoras- extraidos de sus múltiples libros sobre nuestra ciudad o de su constante ingenio en encontrar noticias ciudadanas. Hoy mismo nos proporciona una lista de las fábricas de cerveza instaladas en Madrid en las primeras décadas del siglo XIX, que es cuando el rubio líquido adquiere carta de identidad en las hábitos de los madrileños.

Eran los nombres de estas fábricas, tal como se relata en el libro de la autora titulado “Curiosidades y anécdotas de Madrid”, Isabel Gea. Ediciones La Librería. 10ª edición. 6,50€. Ediciones La Librería: "Libertad, Santa Bárbara, Bastero, Leganitos, Universidad y la Real Fábrica de Lavapiés, siendo la más antigua esta última".

La foto de arriba, tomada esta misma semana, corresponde a la Cervecería Santa Bárbara, sucesora de la histórica fábrica de Santa Bárbara, instalada originalmente y desde 1815 en la calle Hortaleza 2. Como hasta 1835, creo recordar, los números de las casas y de las calles no se regían por el principio de órden actual señalado por su cercanía a la Puerta del Sol que introdujo uno de los mejores alcaldes de Madrid, el Marqués Viudo de Pontejos, y a instancias del mismo Mesonero Romanos, según cuenta este último en sus memorias, no sé donde se localizaría el número 2. La web de la cerveceria no nos lo aclara, posiblemente para crear esa atmósfera de continuidad histórica con el local de la Plaza de Santa Bárbara.

Sea como sea, la decoración de la actual cervecería está muy lograda y el otro día me preguntaba que diferencias encontraría Pérez Galdós si por esas casualidades de la vida resucitase y diera con sus pasos en la misma. Seguro que le llamaría la atención la iluminación comparándola con las luces de aquellos años. La vestimenta del personal y del público seguro que también. Las viandas y las bebidas puede que menos. Este era un menú tradicional de la época según el mismo Galdós- texto recogido en la web de la cervecería y procedente de los Episodios Nacionales-:
"... su almuerzo, el cual, según después observé, era el mismo todos los días. En la propia mesa de su despacho le sirvieron una chuleta con patatas, una ración de queso Gruyère y un vaso de cerveza de Santa Bárbara. Cuando vino el mozo del café a recoger el servicio, don Francisco le pagó de su bolsillo, y seguimos trabajando."
Pero, sin duda, el elemento que le chocaría profundamente a nuestro literato se lo pueden imaginar ustedes: la presencia, abundante presencia, de mujeres entre el público de la cervecería...

Por cierto, estoy terminando de leer y de apuntar el libro de memorias de Mesonero Romanos. Prometo volver al blog con noticias del mismo. Es muy interesante.

Mas cosas. Si quieren ustedes leer una resumida crónica histórica sobre las cervezas en Madrid no duden en visitar un post del periódico digital Somos Malasaña escrito por Luis de la Cruz, magnífico nombre para un cronista de nuestra ciudad.



18 de octubre de 2012

La historia de Anna Vives





Este post está escrito con la tipografía creada por Anna Vives.



Como veis combina letras mayúsculas con minñusculas y resulta muy divertida. Posiblemente no para leer un libro pero si para diseñar una marca o para anuncios o pasquines.

Se me ocurre que utilizarla para convocar manifestaciones contra los recortes quedaría genial.

Pero lo mas divertido, y lo mas serio al mismo tiempo, de todo es conocer la historia de la creadora de esta tipografía. De estas letras como dice Anna.

Anna es una muchacha muy jóven que tiene el sindrome de Down. Su historia la puedes descubrir en el blog de la fundación SUMANT CAPACITATS. Merece la pena que te pasés por allí. Conocerás el significado de todo esto que te cuento. La historia de una chica que Ha pasado de trabajar amontonando carros en un supermercado a convertirse en diseñadora de unas letras que podrían acabar en la camiseta del Barça.

Ahora el empeño es que este pequeño pero importante paso sea el primero en el desarrollo de un proyecto. 

La tipografía la puedes descargar para usos privados y particulares pero si la quieres usar para actividades de carácter comercial debes pagar por ello. Que menos.

Ahora a ver como esto queda en Blogger. Si no entra el siseño directo lo tendré que poner en foto. Entró, entró, como diría un locutor famoso de partidos de tenis....


28 de septiembre de 2012

Por un futuro sin paraguas y sin clases sociales




Edward Bellamy fue un escritor norteamericano que vivió en la segunda parte del siglo XIX. Era un socialista utópico de los que tanto abundaron en aquellos años. No se extrañe si su nombre no les suena. Apenas su obra es conocida en nuestro tiempo.  Pero uno de sus libros, titulado Looking Backward , fue uno de los títulos mas leidos de la época y de vez en cuando recupera protagonismo  por sus hallazgos proféticos. Cuenta la historia de un hombre que se ve trasladado, por un extraño accidente, al año 2000 desde su Bostón natal de los años 1880. Pertenece por lo tanto a esa literatura que hoy llamamos  cienciaficción.


En el libro se anticipa la tarjeta de crédito por ejemplo o el hilo musical. Mas curioso todavía: al comentar sobre el sistema editorial que rige en los años 2000 el autor nos da cuenta de un sistema que no dudaríamos en llamar crowdfunding pues se basa en la agrupación voluntaria de personas interesadas para lanzar periódicos y revistas. 

El libro en si es un pequeño hallazgo que en algunas ocasiones aburre pero que en muchas otras nos da pistas sobre las posibilidades que una sociedad avanzada presentaría para la felicidad de los seres humanos. Las personas reciben una especie de salario universal. Todos los trabajos tienen el mismo valor para dignificar el hecho de trabajar y todo el mundo tiene que cubrir un periodo de su vida trabajando pero puede acumular ingresos procedentes de su capacidad de trabajo para comprar tiempo. Todo ello a veces se hace algo confuso y detras del libro subyacen todo tipo de teorías utopistas que estaban en boga en su tiempo. Las casas son sencillas pero los lugares comunes, los habitats sociales, tienen todo el confort que el mas sibarita pueda imaginar

El caso es que me he acordado del librito- por cierto que lo puedes descargar libremente pues ya es de dominio público- después de todo un día acarreando el paraguas. Toda la ciudad llena de individuos bajo su paraguas particular. En el libro de Bellamy los paraguas han desaparecido pues las ciudades- por cierto que muy curioso el capítulo en el que señala la forma de trabajar de los arquitectos- se diseñan para abrir por encima de las aceras una especie de protección ante el agua de la lluvia. "Una cubierta continua a prueba de agua había sido tendida de modo que la acera quedaba bajo ella y se transformaba en un corredor iluminado...". "El paraguas privado es la figura favorita de mi padre para ilustrar las viejas costumbres cuando cada cual vivía para si mismo y su familia...". 

Que tiempos aquellos en los que los utópicos aspiraban a una sociedad sin paraguas. Puede que tuvieran toda la razón del mundo. Yo aspiraría a una sociedad sin clases sociales y sin paraguas, sin dudarlo un instante. Con lo que está cayendo. Por cierto la foto de la portada no tiene ningún significado simbólico particular. Nada que ver con las lluvias de palos caidas estos días por Madrid.

POSDATA

Pensándolo bien resulta que lo de las calles protegidas de la lluvia puede que ya estuviese inventado en la edad media europea y, principalmente en España. ¿Que si no significan las plazas mayores porticadas? Madrid, Salamanca, Valladolid, la corredera de Córdoba, la plaza del Rey de Barcelona, la de Gipuzcoa en Donostia, la de...incontables plazas a lo largo y ancho de la geografía española..y portuguesa. Incluso en Europa como las de los Vosgos en Paris o la plaza de Arras. Evidentemente nuestro amigo Bellamy puede que no conociese España y por eso ignora el invento de los soportales. Todavía en muchos proyectos arquitectónicos se reivindica el uso de los soportales pero tienden a menos como me informa un amigo arquitecto. Nuestro clima es menos exigente- aunque deberíamos entender que los soportales también nos libran de la luz del sol- y parece que los soportales crean problemas de habitabilidad, seguridad y de limpieza. Ustedes dirán...

17 de abril de 2012

CASA



En estos tiempos de espanto y de  litigios, de desafueros y enemistades, conviene trazar una raya en el suelo y quedarse del lado amable de la vida. Recuperar nuestros mejores recuerdos y los amores infantiles. Laura Fernández Rodríguez, sevillana nacida en Madrid, me ha facilitado un texto literario que cumple con ese propósito de dar sentido, buen sentido, a nuestra mejor historia. Alguien dijo que la patria es nuestra infancia. Recuperaremos esa patria. Ella la encuentra cada vez que regresa al pueblo de su familia. Un pequeño pueblo de las tierras castellanas. Si quieren seguir a Laura y sus dos criaturas en la red no duden en pasarse por su blog Piel Adentro. Allí encontraran alivio y compañía.


CASA

               Sólo el viento... Rugiendo, soplando, mugiendo al fondo de esta primavera huidiza. La lluvia azota las paredes desiertas y el eco de un gallo se cuela furtivo entre el silencio de los muros que me contienen.
               Pelada, la higuera expone su desnudez al aire gélido de la mañana. Pero a ella no le da miedo el frío. Se abre generosa, extendiendo sus ramas hacia el cielo, como queriendo acariciarlo, como intentando rozar quién sabe qué colores. Colores que aún no han sido invitados a la fiesta de la primavera, tímidos y apagados tras este cielo blanquecino.
               Y ya está... sólo eso. Todo en nada... Silencio de pasados, de pinos que se expanden creando altura allá al fondo de la tierra. La tierra. Esta tierra. Mi tierra...
               A las tejas no les molesta la lluvia, ni el olvido, ni este frío cortante de esta llanura implacable. Reposan ordenadas y tranquilas, fieles protectoras de unos tejados que hace tiempo se rindieron a la solidez.
               Las grietas... venas abiertas en la cal por donde se cuela un aroma de adobe viejo que reconforta el recuerdo. A través de ellas se desliza invisible la médula de esta casa que sobrevive, serena, a pesar de la lluvia y la distancia.
               El polvo, las telarañas, los trozos de otras vidas abandonadas al tiempo... Todo, cada rincón de esta casa me devuelve la esencia de las cosas y del viento. Esa esencia silenciosa, etérea, mínima. Cada hierro oxidado, cada madera carcomida, cada loseta agrietada, cada pared agujereada... todo reposa sereno, como si nada, habitando un presente eterno que se extiende inmenso desde el comienzo de la historia. Todo convive con todo en una suerte de silencioso pacto de presencias. Todo se apoya en todo: el hierro en el pesebre, la piña huérfana en la piedra, la cuerda verde en la persiana a medio subir... Todo es y ya, sin más. Tal cual. Esencial. Esencia.
               Casa. Bendita casa. En ella siempre encuentro el abrazo cálido que necesito cuando el mundo, allá afuera, se llena de un ruido frío que me taladra la alegría. Mimada, acariciada, protegida por estas viejas paredes llenas de huellas de gentes que un día fueron, aquí, así. Siento bajo mis pies la sólida base de otros brazos que se elevan para sostenerme en mi eje, recordándome de dónde vengo, regalándome el secreto vínculo de la tierra y de la sangre.
               Casa desde la que ser y ya; en la que respirar los ecos de otras vidas que no son más que el reflejo de lo que soy. Aquí, en esta casa, me vuelvo casa, madera, puerta, ventana, esquina... sin importar ya si estoy rota o carcomida o gastada... porque aquí lo viejo vale porque es y ya. No hay juicios... sólo sombras de cosas que estuvieron vivas en otro tiempo y que hoy descansan recordándome la belleza de todo lo que existe, de todo lo que soy... con mis sombras, con mis grietas, con mis rincones polvorientos y oscuros. Detenida, siembro un silencio agradecido en cada rincón de esta casa.
               Casa que me sostiene, que me abriga, que me acuna... que me recuerda que soy tierra, que soy viento, que soy horizonte inmenso allá a lo lejos; que soy adobe antiguo aquí cerca, donde la sangre se encuentra con la tierra... fluyendo a borbotones, a carcajadas, llena de colores... más allá de este momento único, más allá de este presente eterno.
                                                                                                                                    
Laura Fernández Rodríguez
                                                                       
 SAN ESTEBAN DE ZAPARDIEL.  7 de abril de 2012

2 de febrero de 2012

Carlos Oroza, poeta



Recuerdo a Carlos Oroza de los años 70 en Madrid. Era un personaje único en una ciudad que durante aquellos años vivía la pasión de la política y del cambio. Poeta de la tradición oral su estampa quijotesca de hombre flaco lucía por las tardes con sus recitales enloquecidos, en los que su voz profunda replicaba poemas alucinados a la manera de la generación beat.

Desapareció de la ciudad como si fuese humo. Nos preguntábamos que habría sido de Oroza. Unos decían que había vuelto a Viveiro, su pueblo. Otros que estaba en Estados Unidos.

El caso es que en los últimos años ha reaparecido fulgurantemente en Vigo. Allí es todo un personaje. Ya debe ser mayor pero ahí está: firme en su compromiso con la poesia. El bardo del norte. El rapsoda.

Incluso veo que está en Facebook si bien que rescatado por alguno de sus admiradores.

Évame Eva, évame si me transito....

12 de octubre de 2011

Los ruidos de costumbre

Metal Heart | Love Illustrated series
Foto de la colección en Flickr de Vector Hugo. Licencia CC




Las mochilas de los sintecho de Olavide
están llenas de tacones que pierden las chonis en la madrugada.

En la madrugada los gatos se azotean en los tejados rojos
y chillan tangos a la luna llena.

Las noches de la plaza se llenan de gritos poseidos
por la furia del viento alcoholizado.

Y por las esquinas el aroma a meados
impregna la piel de los últimos peregrinos.

La mañana llega plena de espantos, aterida de frio,
desprovista de mantas con las que tapar la mugre.

Entonces, uno, solo por las calles,
inventa músicas y traza caminos en la acera.

Vuelves a casa asustado de haber visto la muerte
anclada en la mirada carnal de la bestia humana.

Y en ese mismo momento los aviones del desfile
te recuerdan que la vida sigue, con sus ruidos de costumbre.

23 de septiembre de 2011

Una mujer en Buenos Aires

Retrato de muller en Buenos Aires
Retrato de mujer en Buenos Aires. Foto de la colección Museo Don Aurelio en Flickr. Ninguna relación con  la historia del relato que sigue.




De la abuela se hablaba poco. No se hablaba nada de ella en realidad. Solo cuando mi madre pasaba temporadas en mi casa de Pasajes empecé a enterarme de algunos detalles. Por supuesto que sabíamos que se marchó a Buenos Aires y que dejó a mamá y a otros dos hermanos de ella en casa de sus abuelos. Pero poco más. Nunca se quejó mi madre del abandono. Eran cosas que pasaban en aquellos años.

Historias terribles pero habituales. En las aldeas de O Valadouro quien más quien menos había perdido un hijo o una hija, cuando no un marido o un padre, en la aventura de la emigración a América.

Mamá recordaba con cierta amargura que las únicas cosas que su madre le mandaba de América eran trajecitos usados. Y eso que era costurera. Puede que cobrasen en la aduana por la ropa nueva y no se lo pudiese permitir. Eso decía ella: “era ropa vieja para no pagar gastos de aduana” “pero estaba bien limpia y recosida”. Ni dinero, ni libros, ni siquiera una postal para el día del cumpleaños. Trabajaba cosiendo para casas particulares y por lo que sabemos debió de perder mucha vista con el tiempo, pues al cabo de pocos años ya ni siquiera era capaz de escribir con su propia letra. Era un primo de la abuela quien lo hacía por ella. Con los hijos de ese primo, por cierto, seguimos escribiéndonos de tarde en tarde.

Sabemos que la abuela tuvo más hijos en aquel exilio. Tres, cuatro. Vaya usted a saber. Nunca supo de ellos mi madre ni nadie de la familia. Puede que fuesen de padres diferentes. Igual que mi madre y sus hermanos, los que quedaron en España. Ni ellos mismos sabían si eran hermanos de padre. Los abuelos puede que supieran algo de ello pero nunca señalaron a nadie. Parece que durante unos años a casa de mis bisabuelos llegaban ciertos regalos de parte de un mozo de una aldea vecina. Pollos, harina, matanza. Nunca dinero. Quien fuese aquel hombre ni mi madre lo supo nunca.

Mi madre se casó muy joven en el pueblo y enseguida nos tuvo a nosotros. Creo que su pasión por formar una familia venía de aquellos años de infancia abandonada. Eran los años de la república. Vino la guerra y mi padre desapareció en el frente. Nos quedamos otra vez solos. Sin un hombre en casa se hizo imposible sobrevivir en la aldea. Teníamos casa, la de los bisabuelos, huerta y recogíamos hasta dos cosechas de patatas por año. Pero eramos muchos a comer todos los días y en el valle apenas había otros trabajos. Fue entonces cuando el abuelo de mi madré murió. No tuve una infancia fácil, diría que ni siquiera feliz, pero no me voy a quejar ahora. Aquellos años me hicieron fuerte y aprendí que nada es gratis en este mundo.

Tuvimos que marchar a Lugo pocos años después. Mi madre a servir. Mis dos hermanos mayores entraron a trabajar en un pazo. Ella como pinche en la cocina. Él como paje o mozo de cuadras. A mí me pusieron en casa de unos carboneros. Allí aprendí el oficio del comercio y a trabajar por un cuarto donde dormir y un plato de comida. Alguna vez te pagaban una especie de sueldo. Mas como limosna que como salario. Una o dos veces al año te dejaban marchar al pueblo a ver a la bisabuela y a los tios. Mi madre servía en casa de un médico y procuraba llevar el control de nuestras vidas. Cuando podía nos reunía para comer con ella. La familia del médico la tenía un enorme aprecio pues de alguna forma mi madre era el alma de aquella casa amén de cocinera, doncella, niñera y lo que se terciaba. No les importaba vernos en la cocina tomando un café las tardes de domingo. Dentro de lo que cabe fuimos una familia afortunada. Mi madre siempre se interesó por nuestra formación y por nuestro futuro. Estoy hablando de los primeros años 40 y los primeros 50 cuando en España la vida no era fácil para nadie.

Mis dos hermanos marcharon antes que yo al País Vasco y desde allí me encontraron un trabajo en una industria conservera cercana a Pasajes. Con 20 años pude tener mi primera habitación para mí solo. Vivía en casa de una patrona cerca de la fábrica. Viuda de marinero, con hijos pequeños. Entonces los gallegos éramos muy bien recibidos en aquellas tierras. Faltaban brazos en las fábricas.

Me casé con una mujer vasca. Recia, dura como el pedernal. Pero trabajadora como ella sola. No hemos tenido hijos. Mi vida ha sido el trabajo. El trabajo y mi casa. Salir al monte a caminar. Nadar en las playas por el verano. Montar en bici. Nunca he sido un hombre de cuadrilla. El carácter del gallego ya sabe usted como es. Somos tristes. No damos confianza. Ahora, ya jubilado y con una enfermedad de los nervios que no me deja parar quieto echo en falta tener amigos. La partida de la tarde. Comentar los partidos en el bar.

Tenemos los hermanos repartido el tiempo de estar presentes en casa de mi madre para cuidarla. La compramos una casa por Barreiros y tenemos a una mujer colombiana, buena mujer, cuidándola. Pero siempre alguno de los hermanos estamos presentes. A mí no me importa venir largar temporadas a estar con ella. Está ciega perdida y apenas puede andar pero de cabeza está fenomenal. 

Como no puede ver la tele y la radio no la gusta su afición preferida es hablar y hablar y hablar. Nunca fue habladora pero ahora de vieja se está desquitando. Va a cumplir los cien años y recuerda casi todo lo que esta vida le ha deparado.

A veces se pregunta qué hubiera pasado si su madre no la hubiera abandonado. Yo la digo: “madre, hubiera usted muerto pobre y joven en la aldea”. ¿Quién lo sabe?.




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