10 de mayo de 2008

Los ultramarinos


Ultramarinos Orencio ha cerrado. La calle de Santa Engracia en Madrid pierde así una imagen de su pasado y, lo que es mas importante, variedad ecológica urbana. En pocos meses, un banco, una franquicia o un bar de diseño ocuparán el espacio, la esquina, en la que Orencio pudo mantenerse decenas de años.
He pasado infinidad de veces por esa esquina de Chamberí, por General Arrando, calle en la que vivió Antonio Machado. Creo que nunca entré en la tienda pero sus escaparates solían llamar mi atención. Judías de El Barco, lentejas de Salamanca, caramelos Solano de Logroño, frutas escarchadas de Aragón, rosquillas de pueblo, obleas, garbanzos de Fuentesaúco, etc.
De niño mi madre me mandaba bajar al ultramarino del señor Glicerio, en Francisco Silvela 108, la casa de cartón. Chaquetiila y camisa blanca, corbata de color indefinible, mandil de rayas grisáceas. Libreta para apuntar la deuda de cada vecino. Se pagaba a final de mes o cuando se podía. Balanzas, guillotina para el bacalao, papel de estraza. Aceite por cuartillos, azúcar por libras, onzas de chocolate. Medidas de otros tiempos. Sacos de legumbres, lentejas que había que revisar por la noche sobre el hule de la mesa para eliminar piedras y otros seres invitados, antes de ponerlas en remojo.
Embutidos colgados de largas perchas. Botes apilados y alineados con todo tipo de caramelos a granel. Cajas abiertas con arenques. Latas redondas y grandes de escabeche.
Los supermercados llegaron mas tarde. El primero que conocí se llamaba Hungaria, en la esquina de Bejar con Francisco Silvela. Decían que el dueño era Puskas. Aquello fue la revolución. Comercios en los que tú mismo te servías.
Allí empezó la ruina del comercio tradicional. Del ultramarino, pero también de la carnicería de barrio, de la frutería. Cayeron una detrás de otra la frutería de la señora Aurelia, la lechería del padre de mi amigo Gonzalo, la casquería- quien sabe hoy día que era una casquería-. La carnicería de los gordos Panizo de la Avenida de América.
Hoy las calles del centro y de muchos barrios se llenan de tiendas de chinos. Parece que solo el aguante de los orientales, el trabajo en familia y las muchas horas de apertura permite el sostenimiento de las tiendas de barrio. Todo el espacio se puebla de tiendas franquiciadas, de establecimientos de hostelería, parece que son los únicos que se salvan del cambio en los paisajes urbanos.
Por si acaso el proceso no fuese lo suficientemente agresivo, las autoridades lo alientan mas si cabe mediante procesos de liberación de horarios, así lo llaman, liberación, que paradoja.
Aquello que distinguía los centros urbanos de las áreas residenciales metropolitanas: la existencia del pequeño comercio, hoy está en trance de extinción. Parece como si el fenómeno de los mall, de los hiper, de las grandes agrupaciones comerciales ejerciese un poder de atracción magnético y succionador de las viejas estructuras comerciales urbanas. Desaparecen los cines tanto como los ultramarinos. Y ya nuestra memoria no da para recordar los nombres de tantas desapariciones.
Hoy Orencio. Hace relativamente poco también el ultramarino de la Calle Génova 1, esquina a Alonso Martínez. No mas de un año otro ultramarinos de la calle Nicasio Gallego.
El paisaje de nuestra infancia desaparece en la bruma.
Por lo menos que queden las fotos.
ACTUALIZACIÓN NOVIEMBRE 2008
Buscando fotos de los años 50 me he encontrado por casualidad con esta foto que publica Eduardo Escudero de sus abuelos Glicerio y Marina en el mostrador de su tienda de ultramarinos en Francisco Silvela 108 del que comentaba al principio de esta entrada. Casualidades de la vida. Me hubiera gustado pedir permiso a Eduardo pero en la página donde se encuentra el original de esta foto no es posible comunicarse con él. Muchos saludos para ti Eduardo. Es increible, que por lo menos a la hora de publicar la foto tu abuela Marina todavia viva, con 96 años. Curiosamente mi padre murió el año pasado, el 2007, con 99 y mi madre todavía vive con sus 90 recien cumplidos. A tu abuelo Glicerio parece que le estoy viendo....

Aquí iba una foto vinculada a una página de Canalhistoria que por alguna razón ha desaparecido de Internet por lo que tampoco puede figurar aquí. Era una escena de una tienda de ultramarinos...

13 comentarios:

Anónimo dijo...

El comercio es cultura. Alguien debería reconocerlo ya.

Ángel de Olavide dijo...

Ese es el resumen de todo: el comercio es cultura, tien toda la razón JJ. Pero nos cuesta darnos cuenta. Isabel me dice: mucho defender al pequeño comercio pero tu mismo reconoces que nunca entraste a comprar....
Mea culpa..

Antonia de Oñate dijo...

Lo que me resulta misterioso es que siga abierta una tienda de ultramarinos, que no se halla muy lejos de la de Orencio García. No recuerdo su nombre: es bastante grande y está en los números impares de Santa Engracia, entre Sagunto y Eloy Gonzalo.

Digo que me parece rarísimo que esa tienda esté abierta, porque el año pasado entré a comprar una lata pequeña de Fabada Litoral... y pretendían cobrarme 4,50€. Casi me muero de risa allí mismo. Pasad por allí y fijaos en los precios del escaparate (una hojuela a 2,50€, por ejemplo).

Así que, junto a la pena que da el cierre del ultramarinos de Orencio García, también siento pasmo y sorpresa por la supervivencia de este otro ultramarinos de precios tan... ¿cómo lo diría yo?

Un saludo

Ángel de Olavide dijo...

Hola Mado. Ese puede ser el problema. Los precios y los márgenes de venta. Si la gente no compra en las tiendas de barrio pues va buscando el ahorro que le brindan las grandes superficies, las tiendas solo pueden mantenerse con márgenes mas altos. Ahora bien, que cosa puede hacer que la gente pague mas o mucho mas. Creo que solamente se puede conseguir mediante el mejor servicio:
que estés abierto mas horas, misión casi imposible, o que tengas un surtido muy especializado, seguramente la única solución correcta.

Conozco la tienda de la que hablas. Preparan bocadillos y tienen esos surtidos de cosas raras que pueden llamar la atención de los viandantes. Efectivamente, fabadas venderán pocas.... Puede que paguen un alquiler ridículo o puede que no tenga otra cosa que hacer, mas que esperar la jubilación.
Vete tu a saber..

Enrique Fidel dijo...

Hola Angel.
En agosto del año pasado pasé delante de la tienda de ultramarinos de Orencio y le hice unas cuantas instantáneas de las que te dejo la referencia. Es curioso cómo hay cosas que nos llaman la atención y nos sorprenden por igual.Lo digo porque también seguí la evolución del homeopático que, creo, que también te llevó a hacer alguna foto y alguna reflexión. Supongo que somos espíritus románticos de más. Y quizás algo inadaptados en un mundo que repudia las cosas bonitas si son antiguas y corre a abrazar lo novedoso y lo insustancial. Son tiempos de superficialidades.
Un abrazo,
Enrique

Foto 1

Foto 2

Foto 3

Ángel de Olavide dijo...

Pues si Enrique. Parecemos empeñados en el rescate de las cosas que desaparecen. Y además como parece que vamos por los mismos lados pues el resultado es este. Con tus fotos los lectores del blog podrán poner imágenes a los recuerdos. En el caso nuestro lo que recuerdo con mayor agrado fue tu reportaje sobre el barrio de Prosperidad y las fotos comentados de las casas de Francisco Silvela, donde nací.
Un abrazo
Angel

Anónimo dijo...

Rehivindico ese tipo comercio para nostálgicos,casi tanto como llego a odiar el de las grandes superfícies.¡Vamos patrás,como los cangrejos!.

Saludos,

Carlota.

La Cibeles dijo...

Me has llevado a un viaje en el tiempo. Cerca de mi casa había dos, una debía ser más antigua que la otra ("Productos de ultramar" y "Ultramarinos"), nombre que yo achacaba a las sardinas arenques y al bacalao, porque cuándo pregunté que quería decir me dijeron que era por vender cosas que venían del otro lado del mar. Deduje que por el camino cargaban las arenques, el bacalao, y las anchoas, de lata grande como el barril de las sardinas, que surtían mis meriendas, que nunca fuí de pan y chocolate; me bajaba con el pan a la esquina a que me pusieran las anchoas -que ricas las cosas que hay en "ultramar" -me decía-.
Recuerdo los botes de legumbres ordenados, -todo ordenado- y los botes tumbados de caramelos, que a veces eran la vuelta en vez de los céntimos... :-) y el papel de estraza que iba requetebien envuelto a la bolsa de malla...

Una de ellas es ahora un supermercado, de la misma familia - el chico, que quiere progresar- me acuerdo de oir decir al padre a los clientes...la otra sucumbió en el primer tirón de la calle Orense...

Ángel de Olavide dijo...

Hola Cibeles.
Lo de los botes o frascos de caramelos tumbados es tambien una imagen que se me cruza por la memoria.
con unas tapas grandes a rosca de color marrón. Que cosa, la memoria...

Agremon dijo...

En vez de una entrada, pintas un cuadro. No costumbrista, si de época. No fotografía, si ejercicio de sentidos y sentimientos.

Support IT dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Josefina dijo...

Buenos días. Yo era vecina de la avenida de América y mi madre compraba en la carnicería de Panizo. Qué recuerdos. El más joven de los hermanos, José María, tenía muy buenas dotes musicales y acabó tocando el contrabajo como acompañante de Maria Dolores Pradera. Era muy buena gente. Otras tiendas de esa acera que no han sobrevivido, la lechería junto al garaje del nº 14, la clínica que había al otro lado del garaje, la Mercería del Sr. Alejandro, la tienda de modas "Tiempo" (ahora autoescuela), la tienda de comestibles de Lumbreras, el estanco del portal nº 4, la papelería Mati-Rafi... Solo queda la tienda de flores de Carmen Gerber donde yo compré mi ramo de novia. Y lo que ahora es Hontanares, en la esquina, antes fue Cervecería Marin. Un saludo, Josefina

Ángel de Olavide dijo...

Si. Buena memoria. De la floristería todavía recuerdo la maravillosa cortina de agua. Parecía magia. Y de las empanadillas de Marín. Saludos y gracias por la visita.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...