3 de julio de 2008

Del diario de un hombre de la calle


Siesta, originalmente cargada por Daquella manera.


La gente piensa que solo somos unos excluidos. Apenas se dan cuenta de la gran vida social que llevamos. Estar todo el día en la calle, en nuestros bancos, en nuestras sillas de despacho abandonadas, se parece a las solanas de La Mancha, a las tertulias de los pueblos. Como los grandes señores estamos a todas horas recibiendo visitas. No sabes la cantidad de gente que se interesa por nuestras cosas. Desde los servicios municipales hasta todo tipo de voluntarios. Desde los vejetes aburridos que prefieren nuestra compañía a la de los tristes compañeros del centro social hasta las vecinas compasivas que nos traen bocadillos con pan del día anterior y mortadela algo pasadilla. De algunas de estas vecinas quiero yo hablar hoy.

Las peores visitas son las esas personas que vienen a lamentarse de nuestra mala vida en nuestras propias narices. Que pena me dan las gentes como vosotros. Que desgraciaditos sois. En la calle, abandonados de todos. Mala vida. Nadie se compadece. Vives entre miserias. Como te ha podido maltratar tanto la vida. Suspiro va, suspiro viene. Y así hasta que les dices: oiga señora, tampoco hay que exagerar. Algunas veces tienes que ser un poco grosero y devolverles el bocadillo. Que se lo coma su gato, señora.

Otra visita típica es la de los chicos progres que se interesan por tu vida. Antropólogos aficionados les llamo yo. Que como se llega a esto. Pues yo que se, mi vida. De rodar y rodar. Muchos de los nuestros se llaman a si mismo “carrileros”. Van por la vida de estación en estación. De albergue en albergue. Hoy van a la fruta en Aragón. Mañana estás recogiendo ajos por Las Pedroñeras. Por el invierno es mas difícil, solo tienes la aceituna, pero se pasa mucho frío. Muchos vuelven a sus pueblos a alojarse en casa de la madre o de algún hermano bondadoso. Aprovechan para arreglarse los papeles o para recuperarse físicamente de los achaques de la mala vida. Pero los más nos agarramos al hueco que encontramos en las calles. No sabes lo difícil que resulta encontrar un sitio donde dormir en el que no te azote el viento en demasía. Un sitio, un pequeño refugio en el zaguán de una tienda, respetado por los dependientes de la mañana, que te saluden por tu nombre y no les importe fregotear con algo mas de empeño que lo normal.

Si las visitas de las viejas compasivas impertinentes te amargan la mañana no te cuento nada si tienes la mala suerte de que te ronden los especialistas en el robo a los pobres de las calles. Yonquis sin conciencia, incapaces ya hasta de pedir limosna o de trapichear, que se amejillonan a tu lado para sacarte a fuerza de lloros y de astucias las últimas reservas de tu pensión. Chulos de todo tipo que esperan tus momentos mas desdichados, cuando tienes la guardia bajada para robarte tus pobres pertenencias.

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