23 de septiembre de 2011

Una mujer en Buenos Aires

Retrato de muller en Buenos Aires
Retrato de mujer en Buenos Aires. Foto de la colección Museo Don Aurelio en Flickr. Ninguna relación con  la historia del relato que sigue.




De la abuela se hablaba poco. No se hablaba nada de ella en realidad. Solo cuando mi madre pasaba temporadas en mi casa de Pasajes empecé a enterarme de algunos detalles. Por supuesto que sabíamos que se marchó a Buenos Aires y que dejó a mamá y a otros dos hermanos de ella en casa de sus abuelos. Pero poco más. Nunca se quejó mi madre del abandono. Eran cosas que pasaban en aquellos años.

Historias terribles pero habituales. En las aldeas de O Valadouro quien más quien menos había perdido un hijo o una hija, cuando no un marido o un padre, en la aventura de la emigración a América.

Mamá recordaba con cierta amargura que las únicas cosas que su madre le mandaba de América eran trajecitos usados. Y eso que era costurera. Puede que cobrasen en la aduana por la ropa nueva y no se lo pudiese permitir. Eso decía ella: “era ropa vieja para no pagar gastos de aduana” “pero estaba bien limpia y recosida”. Ni dinero, ni libros, ni siquiera una postal para el día del cumpleaños. Trabajaba cosiendo para casas particulares y por lo que sabemos debió de perder mucha vista con el tiempo, pues al cabo de pocos años ya ni siquiera era capaz de escribir con su propia letra. Era un primo de la abuela quien lo hacía por ella. Con los hijos de ese primo, por cierto, seguimos escribiéndonos de tarde en tarde.

Sabemos que la abuela tuvo más hijos en aquel exilio. Tres, cuatro. Vaya usted a saber. Nunca supo de ellos mi madre ni nadie de la familia. Puede que fuesen de padres diferentes. Igual que mi madre y sus hermanos, los que quedaron en España. Ni ellos mismos sabían si eran hermanos de padre. Los abuelos puede que supieran algo de ello pero nunca señalaron a nadie. Parece que durante unos años a casa de mis bisabuelos llegaban ciertos regalos de parte de un mozo de una aldea vecina. Pollos, harina, matanza. Nunca dinero. Quien fuese aquel hombre ni mi madre lo supo nunca.

Mi madre se casó muy joven en el pueblo y enseguida nos tuvo a nosotros. Creo que su pasión por formar una familia venía de aquellos años de infancia abandonada. Eran los años de la república. Vino la guerra y mi padre desapareció en el frente. Nos quedamos otra vez solos. Sin un hombre en casa se hizo imposible sobrevivir en la aldea. Teníamos casa, la de los bisabuelos, huerta y recogíamos hasta dos cosechas de patatas por año. Pero eramos muchos a comer todos los días y en el valle apenas había otros trabajos. Fue entonces cuando el abuelo de mi madré murió. No tuve una infancia fácil, diría que ni siquiera feliz, pero no me voy a quejar ahora. Aquellos años me hicieron fuerte y aprendí que nada es gratis en este mundo.

Tuvimos que marchar a Lugo pocos años después. Mi madre a servir. Mis dos hermanos mayores entraron a trabajar en un pazo. Ella como pinche en la cocina. Él como paje o mozo de cuadras. A mí me pusieron en casa de unos carboneros. Allí aprendí el oficio del comercio y a trabajar por un cuarto donde dormir y un plato de comida. Alguna vez te pagaban una especie de sueldo. Mas como limosna que como salario. Una o dos veces al año te dejaban marchar al pueblo a ver a la bisabuela y a los tios. Mi madre servía en casa de un médico y procuraba llevar el control de nuestras vidas. Cuando podía nos reunía para comer con ella. La familia del médico la tenía un enorme aprecio pues de alguna forma mi madre era el alma de aquella casa amén de cocinera, doncella, niñera y lo que se terciaba. No les importaba vernos en la cocina tomando un café las tardes de domingo. Dentro de lo que cabe fuimos una familia afortunada. Mi madre siempre se interesó por nuestra formación y por nuestro futuro. Estoy hablando de los primeros años 40 y los primeros 50 cuando en España la vida no era fácil para nadie.

Mis dos hermanos marcharon antes que yo al País Vasco y desde allí me encontraron un trabajo en una industria conservera cercana a Pasajes. Con 20 años pude tener mi primera habitación para mí solo. Vivía en casa de una patrona cerca de la fábrica. Viuda de marinero, con hijos pequeños. Entonces los gallegos éramos muy bien recibidos en aquellas tierras. Faltaban brazos en las fábricas.

Me casé con una mujer vasca. Recia, dura como el pedernal. Pero trabajadora como ella sola. No hemos tenido hijos. Mi vida ha sido el trabajo. El trabajo y mi casa. Salir al monte a caminar. Nadar en las playas por el verano. Montar en bici. Nunca he sido un hombre de cuadrilla. El carácter del gallego ya sabe usted como es. Somos tristes. No damos confianza. Ahora, ya jubilado y con una enfermedad de los nervios que no me deja parar quieto echo en falta tener amigos. La partida de la tarde. Comentar los partidos en el bar.

Tenemos los hermanos repartido el tiempo de estar presentes en casa de mi madre para cuidarla. La compramos una casa por Barreiros y tenemos a una mujer colombiana, buena mujer, cuidándola. Pero siempre alguno de los hermanos estamos presentes. A mí no me importa venir largar temporadas a estar con ella. Está ciega perdida y apenas puede andar pero de cabeza está fenomenal. 

Como no puede ver la tele y la radio no la gusta su afición preferida es hablar y hablar y hablar. Nunca fue habladora pero ahora de vieja se está desquitando. Va a cumplir los cien años y recuerda casi todo lo que esta vida le ha deparado.

A veces se pregunta qué hubiera pasado si su madre no la hubiera abandonado. Yo la digo: “madre, hubiera usted muerto pobre y joven en la aldea”. ¿Quién lo sabe?.




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