21 de febrero de 2008

Kosovo y Sahara. Las dos varas de medir de la ONU

Concentración por la libertad de los presos políticos saharauis-10 Mi amigo Hach Ahmed Baricala, embajador de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) en Venezuela y otros países latinoamericanos, ha escrito un esclarecedor artículo sobre las diferencias de trato de la ONU y las grandes potencias a Kosovo y al Sahara Occidental. Me permito reproducirlo sin mas comentarios- aunque es un poco largo merece la pena leerlo entero-:
La proclamación unilateral de la independencia de esta ex provincia serbia, y su comparación con el caso del Sáhara Occidental, ofrece una nueva oportunidad para poner en evidencia que la legalidad internacional, ese concepto que se invoca ostentosamente y muy en boga en estos tiempos, se lee según la conveniencia de las grandes potencias. Lo que más importa, a fin de cuentas, es que se acomode a sus intereses.
Sin entrar en juicios de valor sobre la legitimidad, legalidad o autenticidad de dicha proclamación, llaman la atención una serie de hechos y conclusiones que saltan a la vista ante la inevitable comparación de estos dos casos.
Kosovo, en idioma serbio, o Kosova, en albanés, es un pequeño enclave de poco más de diez mil kilómetros cuadrados, habitado por un mosaico de etnias y dialectos: albaneses que constituyen la mayoría; goranis (eslavos convertidos al Islam desde la dominación otomana), arumanos (de disputado origen, descendientes de tribus griegas latinizadas tras la dominación romana o herederos de legionarios romanos recompensados con tierras en el país helénico) y turcos que constituyen una minoría. Lo cierto es que la presencia de una mayoría albanesa es el resultado de recientes migraciones, pues esta provincia se consideraba históricamente la cuna del Estado Serbio.
El Sáhara Occidental es un país que tiene una extensión mucho mayor, 266.000 kilómetros cuadrados. Su población vive en el territorio desde tiempos ancestrales, étnicamente es homogénea, habla un mismo idioma común y cohesionada desde antiguo por compartir unas costumbres, una idiosincrasia, en suma una misma cultura.
Los kosovares, desde el siglo XII, han sido los habitantes de una provincia de Serbia, Los saharauis en cambio, nunca formaron parte de los Estados vecinos, nunca fueron parte de lo que se consolidó como el Reino de Marruecos, antes de ser anexionados por la fuerza en 1975, ni de la República Argelina ni de la Entidad Mauritana que devino en la República de Mauritania, todo reconocido en una sentencia clara y contundente del Tribunal Internacional de Justicia de la Haya, que deducía la procedencia de respetar, conforme a las normas de la ONU, el derecho a la autodeterminación de la población saharaui.
La ex provincia serbia de Kosovo, saltó a la palestra de la actualidad internacional en 1999, cuando el régimen serbio de Slodovan Milosevic reprimió a unas decenas de civiles, en unos momentos en que Yugoslavia se caía a pedazos, tras el hundimiento de la Unión Soviética. Ello justificó la intervención de la OTAN, la maquinaria militar más potente de todos los tiempos, a favor de los separatistas albano kosovares, organizados en una guerrilla conocida por las siglas UCK, cuya aspiración era la unión con Albania.
Desde el punto de vista de la legalidad internacional, las diferencias son aún mucho más significativas. El derecho internacional favorece claramente la autodeterminación y la independencia saharaui. El Sáhara fue declarado territorio no autónomo, siéndole aplicable la doctrina de Naciones Unidas para la descolonización, universalmente aceptada, estatus que en ningún momento le ha sido reconocido a Kosovo En los últimos 32 años, la ONU y sus organismos no han cesado de aprobar un promedio de tres resoluciones por año confirmando el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui. Sorprendentemente, en el caso saharaui, las resoluciones de la ONU no han sido dotadas en la práctica de “carácter vinculante”, no se aplicaron con el rigor y celo que cabía esperar de las potencias democráticas y que sí han mostrado a la hora de respaldar las que nunca se adoptaron sobre Kosovo.
A diferencia de los kosovares, los saharauis proclamaron su independencia en medio de una guerra inesperada y atroz, sin planificaciones forzadas, lejos de los despachos y salones lujosos, sin la ayuda, ni al abrigo de bombardeos de fuerzas aliadas. Eso sí, contaban con un himno y una bandera no improvisados a ultima hora por una potencia protectora. El estado saharaui ha sido reconocido por cerca de ochenta países y es miembro de la Unión Africana, un organismo continental que agrupa a más países que la UE y la OTAN juntas. Sin embargo, los aliados y amigos del pueblo saharaui no tienen ni el poderío militar, ni la influencia política que exhiben los padrinos de la guerrilla kosovar en el tablero internacional.
Durante la guerra, los saharauis han combatido solos, con escasos recursos, en medio de un desierto implacable, en condiciones en las que se puede afirmar que muy probablemente el “impecable” ejercito de liberación kosovar (UCK) no hubiese sido capaz de sobrevivir. En condiciones extremas, sin la intervención de ninguna fuerza internacional, los beduinos saharauis han resistido con entereza y tenacidad frente a un ejército invasor que, por su tamaño y arsenal bélico, sí que se asemejaba al potente ejercito de la Yugoslavia de Tito. En una contienda a todas luces asimétrica, lograron poner en jaque al ejército invasor, capturar cerca de 3 mil soldados y oficiales marroquíes y obligar finalmente a Marruecos a parapetarse detrás de una muralla artificial.
Los saharauis, han sufrido y siguen sufriendo un calvario indecible bajo la mirada impasible de la comunidad internacional y de los cascos azules de la ONU o Misión de Naciones Unidas para el Referéndum del Sáhara Occidental (MINURSO), cuyo propio nombre, tras 17 años de inoperancia, suena más bien a una ironía. No tuvo el Sáhara el “privilegio” de contar con la protección de la Unión Europea, Estados Unidos y la OTAN. Su único aliado, supuestamente “influyente”, España, la potencia administradora, se sumó a la conspiración y los vendió al mejor postor. Luego fueron bombardeados con Napalm, perseguidos, secuestrados y hoy viven divididos por un muro de 2500 kilómetros construido con el silencio, cuando no el apoyo, de muchas de esas democracias “ejemplares” que, en pleno siglo XXI, no dudan en respaldar política, militar y financieramente la independencia de un cantón serbio obviando si se ajusta o no a la legalidad internacional.
Tras el cese de los bombardeos de la OTAN sobre Serbia, la Organización de las Naciones Unidas estableció una fuerza de paz bajo el nombre de Misión de Naciones Unidas para Kosovo (UNMIK). Más de 16 mil efectivos equipados con blindados y armamento moderno fueron desplegados en un espacio del tamaño de Canarias o la isla de Córcega. Aunque Kosovo permaneció de iure como una provincia autónoma serbia, Naciones Unidas asumió enseguida la administración del territorio, sin dejar espacio alguno para el Gobierno de Belgrado. El Consejo de Seguridad, por medio de la resolución 1244, de 10 de junio de 1999, autorizó la asunción de todas las competencias propias de un protectorado (la seguridad, la justicia y los asuntos exteriores). Incluso se creó la policía de Kosovo, conformada principalmente por albano-kosovares y el control del espacio aéreo pasó a manos de la Kosovo Force (OTAN).
Por el contrario, en el Sahara Occidental, un país cuya extensión es casi 30 veces mayor que la de Kosovo, sólo se desplegaron 200 efectivos de la MINURSO. Llegaron hace casi dos décadas, desarmados, despistados, como simples turistas, carentes de mandato para proteger los derechos humanos de la población y sin capacidad alguna para intervenir frente a las decisiones, medidas políticas o policiales de la potencia ocupante.
A los presos políticos saharauis se les ha torturado e interrogado en centros que no distan más de 800 metros del hotel donde se hospedan los “turistas” de la ONU, según se recoge en repetidos informes de prestigiosos organismos internacionales como Human Right Watch o Amnistía Internacional y en los propios informes de Naciones Unidas sobre derechos humanos. Estos dicen no poder intervenir porque esa competencia no está contemplada en la misión asignada. Así, por falta de interés de los poderosos y por los “poderosos” intereses que les unen a Marruecos, la parte agresora en el Sáhara, la ONU se ha convertido en el triste e impotente testigo de una ocupación ilegal, basada en la fuerza bruta.
En Kosovo imponen una independencia no prevista por la legalidad internacional. En el Sahara se oponen a una autodeterminación mil veces recomendada por esa misma legalidad. Es obvio pues, que el manejo de ambos casos por las grandes potencias y por la propia ONU, prueba una vez más que el organismo internacional no actúa en función de los postulados y normas que pregona, sino más bien conforme a lo que dictan los intereses de las potencias influyentes.
Felicidades al pueblo kosovar, por la suerte y los aliados poderosos que no tuvo el pueblo saharaui.
HACH AHMED
19.02.08

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