28 de octubre de 2012

Los viejos cobradores

Ibañez- sobre todo gracias a su creación 13, rue del Percebe- ha sido uno de los mejores "historiadores"- no por nada su oficio recibía también el nombre de historietista-, que mejor supo contar la vida cotidiana de la España de los 60.



Recordaba el otro día a Artis Mutis, una vieja institución que durante muchos años distribuía, y sigue distribuyendo, la obra de artistas que pintaban con el pie o con la boca por mutilación de la extremedidad natural para el arte que no es otra que la mano.

Pasaban los agentes de Artis Mutis por las casas con un pequeño paquete lleno de postales dos o tres meses antes de navidad. Aquellas postales servían como felicitaciones de navidad o “crismas” en lenguaje de la época. En enero volvían por las casas para cobrar o para recuperar el paquete.

El cobrador de Artis Mutis era uno de los muchos practicantes de ese viejo oficio del cobro de los viejos tiempos. Eran multitud. Por las casas pasaban al cobro el agua, la luz y otros muchos servicios como los seguros, sobre todo el de entierro. Y en los tranvías y los autobuses los cobradores y sus carteras en bandolera formaban parte del paisaje habitual de las ciudades.

También eran frecuentes las visitas del casero para cobrar la renta a los inquilinos. Muchísimos oficiantes de tantas profesiones desaparecidas pasaban por las casas a realizar sus trabajos y a practicar el cobro correspondiente por los mismos. El sillero, el paragüero, el colchonero-al que ya tuve ocasión de evocar en el blog-, el barnizador de muebles. A las casas devotas iban y venían con frecuencia los santeros, que eran unos señores y señoras que te traían a casa a una virgen o a un santo en una caja hornacina. Y el párroco a traer la comunión o dar la extremaunción a los abuelos que entonces se morían mas veces, ahora no se mueren nunca.

Tiempo después se fue haciendo común la presencia de profesionales, a medias vendedores, a medias cobradores, como los de los de los clubes de lectura. Te entregaban el libro del mes y te cobraban la cuota correspondiente. Los de la iguala del médico. Los practicantes a ponerte la inyección.

El caso es que las casas estaban animadísimas siempre, ya te digo un constante entrar y salir, un desfile. El timbre de la puerta sonaba con mayor frecuencia. Ahora ya no lo toca ni el cartero. Hablando de carteros, en aquellas épocas las casas no estaban dotadas de buzones particulares con lo que era el portero o portera, que no faltaba en ninguna casa por humilde que fuera, quienes se hacían cargo del cometido de la distribución de la correspondencia menos en el caso de los telegramas o los giros postales. Dudo que nuestros jóvenes sepan de que va eso de un telegrama o un giro postal.

Había otro elemento de aquella fauna visitadora con un arraigo social impresionante. Todavía sigue exisitiendo en algunos lugares. En Andalucía le llamaban “el ditero”. En Madrid era el placista, el prestamista y en según que casos el telero. Les contaré de que iba el negocio de tan extravagantes personajes. Una familia necesitaba una manta o unas sábanas o un mueble, cualquier cosa en realidad. El ditero te mandaba con una tarjeta o te traía a casa el objeto y a partir de ese momento pasaba todas las semanas o todos los meses a cobrar un plazo. Ganaba por dos partes pues se quedaba el descuento de los comernciantes y el interés que cobraban a las familias. Es fama que algunos hicieron fortunas con este sencillo esquema financiero. El que fue presidente del Betís si uno se cree lo que dicen las malas lenguas era uno de ellos. Decía que en según que casos este oficio lo desempeñaba en Madrid un personaje llamado telero. Eran estos unas personas que se acercaban por los barrios con el género en mano y te lo vendían al contado o a plazos. A veces lo cambiaban por cosas que tu pudieses tener como muebles antiguos por ejemplo.

El caso es que el mundo ha cambiado mucho. A aquellos prestamistas no había FMI ni autoridad bancaria europea que les controlase. Y por supuesto de rescate nada. Si alguna vez las familias dejaban de pagar pues mala suerte. Ellos ya sabían a quien prestar y a quien no. Además existía una especie de código de honor. Hay que tener en cuenta que casi todo el mundo acudía al crédito del tendero, del panadero o del lechero. No era cosa buena dejar a deber pues enseguida todo el mundo lo sabía. Lo mejor en esos casos era abandonar el barrio. Hoy las gentes estamos entrampados hasta las orejas pero los bancos no nos mandan a los cobradores. Nos mandan a los jueces. Menos mal que parece que los jueces de hoy se están cansando de ser los malos de la película y están tratando de conseguir que las leyes de deshaucio se cambien. 


¿Y del aguinaldo, saben ustedes que era aquello del aguinaldo?


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