5 de octubre de 2009

El último bohemio de Madrid

Pasquín callejero que Curro Sevilla, el último bohemio, coloca en las marquesinas de los autobuses de Madrid. Pincha sobre la foto para leer con mas facilidad el texto.



Este año se cumple el centenario de la muerte de Alejandro Sawa, el arquetipo de los bohemios de Madrid. Alejandro Sawa es Max Estrella, el protagonista de Luces de Bohemia de Valle.
Rafael Cansinos Assens en La novela de un literato nos ofrece múltiples retratos de la bohemia madrileña del primer tercio del siglo XX. Eran la mayoría de ellos jóvenes provincianos que soñaban con la gloria literaria en la capital. Procedentes de Andalucía como el mismo Sawa o de la Rioja como el niño Buscarini. De Galicia era Bóveda. Vidal y Planas de Gerona. Barrantes de Valencia. Etc. Letraheridos, intoxicados de lecturas, con una formación en general escasa, muchos de ellos, como el mismo Sawa, con el único bagaje intelectual de su paso por los seminarios, llegan a Madrid dispuestos a comerse el mundo.
Y es Madrid quien se los come. Un Madrid duro en el que impera el sistema turnista de la Restauración. Con una inmensa proliferación de diarios y revistas que compiten en pobretonería y que están, muchos de ellos, al servicio exclusivo de los partidos políticos, de las grandes fortunas o de los intereses de improvisados mecenas. Es difícil ganarse la vida al servicio de la prensa. Mucho más estrenar en los teatros. Vivir de la literatura es un milagro. El joven escritor recurre a sus paisanos, a su familia para pagarse la pensión. Poco a poco la vida de los cafés, de las tabernas y figones pasa de ser la puerta de entrada en la sociedad a convertirse en la boca de salida hacia la “mala vida”. Baroja retrata la cara sucia, la faz menos romántica de los bohemios en novelas como El árbol de la Ciencia.
Es entonces cuando el bohemio se confunde con el pícaro. Cuando para sobrevivir se ve obligado a convivir con el hampa de las calles de Madrid y a pedigüeñear una tostada con café. Con los trapicheos, con la práctica del sable, al principio, para llegar a las últimas fases de la degradación humana en la que la mendicidad truculenta apenas puede disimularse bajo la capa de la devoción literaria. Los que tienen talento apenas tienen pueden demostrarlo. La ciudad de Lope, de Quevedo, la de Cervantes, no es capaz de dar alojamiento a esa pléyade de hijos de la provincia que acuden en búsqueda de la gloria literaria. Madrid es muy selectiva y muy pobre como para dar sostén a tantos genios. La bohemia trata de legitimarse a si misma. Es cuando el bohemio se considera un ser aparte, un antiburgués, un rebelde. El seminarista se convierte en un radical. El joven de provincias deviene en revolucionario. Revolucionario de café y figones por supuesto.
La guerra civil acaba con esa generación de bohemios como con tantas otras cosas. Tienen que terminar los 40 para que Cela pueda dejarnos esa nueva crónica de bohemios que es La Colmena. Una nueva generación de jóvenes literatos llena los cafés de Madrid. Umbral, uno de esos jóvenes, puede representar la nueva generación de bohemios que triunfan pasando por el Café Gijón. Su caso es un caso excepcional de éxito. No todos tienen la suerte de Pacoumbral. Reproducen el mismo esquema de vida de sus antecesores. Buscan el acercamiento a la prensa. Una prensa que ya no es tan abigarrada y múltiple como en los años previos a la guerra. Es la prensa del Movimiento. Son las revistas literarias dirigidas por los intelectuales del Régimen. No es fácil estrenar, no es fácil publicar. Si es posible sin embargo obtener alguna plaza, algún trabajillo alimenticio en las oficinas públicas. Pero los amigos de la pereza creativa, los menos dotados, pululan como una especie de segunda división de la literatura por las mesas del Gijón, del Comercial o del Lyon. Tertulias literarias de poetas y poetisas proliferan en los primeros 60. Personajes como el gallego Carlos Oroza reviven las viejas glorias del bohemio de principios de siglo.
En los 70 y 80 con el retorno de la democracia llegan a Madrid nuevas generaciones de jóvenes en búsqueda de la gloria. Más cultos, más comprometidos. Menos devotos de la letra y cercanos al cine, a la música y protagonistas de la famosa Movida. Las comunidades autónomas, las ciudades provincianas compiten por evitar el exilio capitalino. La cultura se convierte en un negocio público que mueve miles de millones de pesetas- o de euros. Ya apenas hay espacio para la bohemia. Nunca como ahora podemos hablar de una clase literaria y artística tan numerosa y bien pagada. La tv, las televisiones dan trabajo a cientos de artistas en ciernes. La droga, por otra parte, se convierte en un agujero negro en el que se pierden miles de jóvenes, pero el oficio de yonki en España nunca dio medallas literarias. La bohemia pierde el prestigio.
Son muy pocos los que en este Madrid de nuestros días se puedan permitir mantener la vieja estampa de bohemio. Uno de ellos es Curro Sevilla. La foto de arriba es un cartel que Curro va dejando por las marquesinas de los autobuses de Madrid. Curro Sevilla como su propio nombre no indica es de Guadalajara. Vino a Madrid en los años 70. Desde entonces vive de la venta de una especie de revistilla poética compuesta por versos de su propia cosecha o de dibujos y cuadritos de sabor taurino. A veces ha tratado de abrir su propia tertulia literaria pero resulta muy difícil reclutar colegas de su misma escala social. Nada voy a decir de la calidad de su poesía. Creo que con la lectura del texto de arriba cualquiera puede hacerse una idea. Hoy se queja del trato de las autoridades. Dice que no le dejan vivir de su creación. No me imagino a los municipales persiguiendo a una persona como él, tan correcto y tan poco seguidor de las modas del bohemio rebelde. Pero él nos cuenta su historia mediante ese pasquín testamentario.
Curro Sevilla, el último bohemio de Madrid, anuncia el fin de la raza bohemia del siglo XX.
A partir de él los únicos que mantienen en alto la vocación de vivir del arte puro serán mis amigos los perroflautas, herederos vitales de la vieja bohemia. Los bohemios del siglo XXI. Los únicos que adoran la estética desharrapada, las borracheras a la luz de la luna y los perros callejeros. Los últimos románticos capaces de pasar la noche en los cementerios de nuestras ciudades recitando poemas de Verlaine y bebiendo absenta con cocacola.


ACTUALIZACIÓN EN MAYO 2012

Recientemente nuestro amigo Curro Sevilla va colocando nuevos pasquines por la calle. En este caso reclama el auxilio de algún alma caritativa que tenga a bien facilitarle una vivienda, una habitación, un refugio. Me hago eco de esa petición y coloco foto de su reclamo en la que figura su teléfono movil.


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