5 de marzo de 2009

Ética, capitalismo y crisis. El fracaso de la Responsabilidad Social Corporativa.

Capitalismo


UNA VIEJA HISTORIA. ÉTICA LUTERANA. DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA Y OBRERISMO FALANGISTA.


Desde que tengo memoria profesional recuerdo haber oído hablar de una cosa llamada “ética de los negocios”. Oxímoron creo que se llama la figura retórica basada en mezclar dos conceptos irreconciliables, tales como música militar o pensamiento navarro- esto último no es un chiste mío sino de don Pio Baroja-. Recuerdo que bajo el viejo régimen franquista era usual utilizar un concepto llamado “balance social” de las empresas. Consistía el invento en reportar sobre los puestos de trabajo creados, los beneficios sociales concedidos a los trabajadores, los impuestos pagados, las políticas de acercamiento a las comunidades locales, etc., etc.

Creo que todas las empresas públicas, del INI por ejemplo, estaban obligadas a confeccionar tales documentos justificativos. Por supuesto que nadie de dentro creía que aquello fuese algo más que una operación de cosmética. Pero la vieja tradición de catolicismo social a lo Marqués de Comillas que confluyó en los 60 en algo llamado doctrina social de la iglesia mas la influencia ideológica del primer falangismo con acento obrerista se habían fusionado, bajo el paraguas intelectual de los tecnócratas del Opus Dei, para dar como resultado un producto retórico capaz de arrancar alguna sonrisa crédula en la legión de alumnos de economía o de política de los institutos y de las universidades de aquellos años.

Tuve un profesor llamado Gil de Biedma- puede que me equivoque en la trascripción fonética, a lo mejor era Gil de Viezma- que era un abanderado de esa cultura y que había sido uno de los creadores de las “relaciones públicas” como disciplina académica en España. Rememoraba con pasión, no exenta de orgullo profesional pues decía ser su inventor, iniciativas como la Operación Plus Ultra y otros formidables artefactos comunicacionales de la época. Se notaba que detrás del concepto “balance social” latía fundamentalmente una necesidad de legitimar a la empresa, de darle un brillo ético. Sonaba todo a construcción algo precaria y pienso que las empresas de aquel momento apenas concedían a estos principios más que una atención menor.


¿TIENEN ÉTICA LOS NEGOCIOS? ¿Y LAS SOCIEDADES?


Estoy hablando de los años 70. Con la democracia ya instalada en España se fueron configurando otras retóricas mas orientadas a situar a las empresas en escenarios menos “sociales”. España fue el campo de cultivo de unas nuevas formas de liberalismo expansivo que fueron capaces de crear personajes como Mario Conde- por cierto que ahora se dedica a las reflexiones humanistas y al pensamiento trascendente- para los que la palabra “social” sonaba a comunismo. La ética de los negocios no era otra que la de ganar el máximo dinero en el menor tiempo posible. Incluso se instaló en España una cultura del fraude fiscal como herramienta normalizada. De aquellos tiempos es la famosa frase adjudicada a Carlos Solchaga de “España es el país del mundo donde más dinero y más rápido ganan las empresas”

De aquellos polvos tenemos los lodos en nuestro país llamados fraude del IVA, el famoso con factura o sin factura, la ocultación a la hacienda de las transacciones con dinero negro, etc. Toda esa cultura favorable a contemplar a la empresa como una máquina de ganar a cuenta de la sociedad, de los clientes y de sus propios empleados impregnaba el conjunto de sus acciones. Casos como los de las empresas filatélicas o las múltiples estafas inmobiliarias o la propia caída de Banesto no fueron sino la punta del iceberg de un inmenso clima de fraude comercial, fiscal y económico generalizado que afectaba a las empresas, a las familias y a sacrosantas instituciones como las eclesiales que no despreciaban tantas posibilidades de medrar financieramente en los mercados financieros, en la especulación inmobiliaria y en el fraude a la hacienda. Ello por no hablar de otro tipo de corruptelas consentidas por los propios ciudadanos como las de los políticos de todas las familias y el mismo sistema de financiación de los partidos.

Puede que el momento cumbre de ese estado de cosas fuese el aprovechamiento que las empresas, grandes, medianas y pequeñas, hicieron de la aparición del euro y la sustitución de las pesetas. Las subidas de precios fueron obscenas cuando no directamente criminales y contaron con la pasiva complacencia de las autoridades económicas de nuestro país.


EL INVENTO DE LA RESPONSABILIDAD SOCIAL CORPORATIVA (RSC)


En los años 90 surge una corriente internacional favorable a corregir la deriva del mundo corporativo hacia prácticas delictivas como las que evidenciaron a posteriori los casos de Arthur Andersen o Enron. En vez de cerrar los agujeros del sistema los proyectistas e ideólogos del mundo capitalista inventaron el concepto de la “responsabilidad social”-RSC- empresarial o corporativa asociado al principio del autocontrol. Recuperaban, o por lo menos así quedaba enunciado en sus propósitos, algo que estuvo en las señas de identidad del capitalismo primitivo de raíces religiosas luteranas tal como explicaba Max Weber.

Tuvieron éxito, por lo menos aparente, en la recuperación del viejo concepto del balance social. De pronto todas las empresas de cierto porte competían entre sí sobre su comportamiento social. Sobre si Citi o Barclays eran más o menos “sociales” que sus competidores. Sobre el ahorro de energía en sus instalaciones. Sobre el estricto cumplimiento de códigos de contratación laboral en el Tercer Mundo, etc.

Lujosas publicaciones, firmas de auditoría y congresos y foros daban cuerpo a esa explosión de firmeza ética de las grandes empresas. Llegaron a tanto que las mismas Naciones Unidas apadrinaron la aplicación de los principios de esa nueva cultura de autocontrol corporativo mediante el invento de una institución informal llamada Pacto Global. El Pacto Global, con sus mecanismos de control, no es otra cosa que una especie de certificación autoconcedida por las propias empresas en materia de comportamiento medioambiental o de respeto a los derechos humanos.

Tanto o más que la aplicación de los difusos principios del autocontrol o de la RSC fueron algunos movimientos civiles los que provocaron la respuesta ética de las empresas. Las campañas de boicot sobre Nike, Nestle o tantas otras provocadas por sus prácticas laborales o medioambientales pusieron a las grandes corporaciones a la defensiva y produjeron el incremento en esas respuestas “éticas”. En los primeros años de este siglo XXI las compañías multinacionales invirtieron en justificar sus prácticas o pagar por los daños producidos más dinero que en todos los siglos anteriores. De repente fueron posibles las declaraciones y las sentencias judiciales contra las compañías tabaqueras por ejemplo. Fueron los años de oro de los conceptos como RSC o Reputación Corporativa.

Los dirigentes empresariales pugnaban por que la sociedad les percibiese como seres entregados a todo tipo de causas filantrópicas. Se puso de moda crear fundaciones de todo tipo. Y ver a los grandes patronos de empresa abrazando causas ecologistas, médicas y artísticas era percibido como de muy buen tono. Tanto fue el baile que se produjo una reacción doble de rechazo en la misma comunidad empresarial algo empalagada de las consecuencias del invento. Una corriente del pensamiento corporativo reivindicó para la empresa su pertenencia única al ámbito económico dejando su papel social reducido al contexto de los clientes, proveedores y empleados y al pago de sus impuestos. Otra corriente señalaba que las prácticas de la RSC constituían una competencia desleal de las grandes empresas hacia las medianas y pequeñas, incapaces de asumir en sus balances las exigencias formales del autocontrol. De hecho a algunos teóricos de la RSC les causaba repugnancia la coexistencia en el mismo capacho ideológico de conceptos tan diferentes en origen como la RSC y la llamada Acción Social. Los puristas de la RSC querrían reducir el concepto a las relaciones de las empresas con los llamados skateholders.


LA CRISIS SE CARGA TODA LA PALABRERÍA


El caso es que al final todo eso de la RSC se ha quedado en nada. La crisis está convirtiendo todas esas teorías en pura palabrería. Algunos gobiernos pretenden convertir en obligatorias las prácticas del autocontrol, entre otros el español, pero la ola de la gran crisis está generando el respaldo hacia políticas de control de distinto porte, naturaleza y justificación teórica. Todos los discursos de las empresas a favor de la RSC han quedado arrumbados por la certera constatación social de que no eran más que palabrería. La crisis ninja o como la queramos llamar ha puesto de manifiesto las prácticas de todo un sector financiero volcado durante dos décadas en la creación de productos directamente fraudulentos. Y como en ese viaje han estado acompañados por toda una industria del camuflaje formada por consultoras, agencias de rating, medios de comunicación, etc.

Estamos viendo también como múltiples sectores económicos han aprovechado el efecto riqueza para inflar artificialmente mercados de consumo masivos para productos ineficientes, de alto consumo energético. Ahora esas empresas, como las del sector del automóvil, están atrapadas en inviables procesos de reestructuración globales sin la posibilidad de obtener financiación privada para los mismos.

No se nos ha negado nada. Al socaire de la especulación en materias primas las industrias de la energía han provocado crisis hasta en sectores tan alejados de su razón de ser como la agroalimentación- los biocombustibles- y los relacionados con las obras públicas y las infraestructuras- los grandes negocios de los pipelines, etc.-.

Y sin embargo eran los banqueros, las industrias industriales finales, las de la energía y las infraestructuras los campeones en responsabilidad social. Los maestros en la innovación. Los que se permitían el lujo de crear fundaciones e instituciones defensoras de conceptos tales como sostenibilidad, equilibrio ecológico y defensa de los derechos humanos.

Todo ese mercado de la apariencia, esa economía de los gestos ha quedado en evidencia. La crisis obligará, adicionalmente, a reducir los presupuestos dedicados a esas labores de cobertura y de búsqueda de la legitimidad. En la misma medida que se recortan los presupuestos de comunicación y publicidad, por cierto que produciendo un enorme destrozo en los grandes medios de comunicación, se recortarán las actividades de mecenazgo, de patrocinio y de relaciones institucionales. Ya estamos viendo algunos efectos de esos recortes publicitario empiezan a afectar al sector de las consultoras especializadas y a los presupuestos dedicados a la acción social. Se pregunta uno que impacto va a tener la crisis en la financiación de las fundaciones y las obras sociales de los bancos y cajas. Cuando las propias instituciones tienen que dedicar sus mejores recursos a la simple supervivencia preguntarse por estas cosas hasta resulta ingenuo.


CRISIS DEL MOVIMIENTO NEOCON Y DE LAS IDEOLOGÍAS ULTRALIBERALES


Por mucho que los neocons se defiendan panza arriba diciendo que lo que ha fallado han sido los mecanismos de control y no la dinámica puramente corporativa, todo ese discurso suena ridículo y hasta patético. Se parece mucho al discurso de los adolescentes que echan la culpa de sus desórdenes a la falta de control por parte de sus padres. Algo así “como me lo consentías todo…”. Siendo verdad ese análisis se queda en la epidermis de las cosas y no explica la coalición, el pacto de sangre, entre reguladores y regulados, entre administraciones públicas y corporaciones. Ahora no vale echar la culpa en exclusiva a aquellos que en la división de tareas a la que se entregaron ejercían el papel de controladores. Eran los mismos perros con distintos collares. Personal intercambiable controlado con el mando a distancia de todo tipo de think tanks.

Controladores y controlados formaban, forman parte, de la misma estructura de toma de decisiones. Los que otorgan las certificaciones, los que señalan los ratings, las auditoras, los poderes reguladores estaban todos inspirados en los mismos principios: la capacidad autocorrectora del capitalismo, los equilibrios competitivos, etc. Participan de la misma escala de valores basada en los incentivos al talento depredador. Mantienen la misma filosofía, se educaron en los mismos centros educativos y las mismas escuelas de negocios.

Y hoy por mucho que hipócritamente señalen al cielo pugnando por unos nuevos principios inspiradores saben que la ideología de la RSC ha sido un fracaso y que toca inventarse un nuevo mundo. Aunque para ello tengan que pedir “la suspensión temporal” del sistema capitalista.



LAS IDEOLOGÍAS QUE VIENEN


¿Cuál será el nuevo invento ideológico que sirva de manto legitimador al mundo de las grandes corporaciones? Hagan apuestas a que ya se está trabajando sobre el asunto. Tienen prioridad de paso aquellos especialistas en conceptos tales como reputación corporativa, gestión de intangibles, etc. Están llamados a ser los regeneradores del sistema al contar con supuestos instrumentos de análisis más sofisticados. No es lo mismo la panoplia teórica de los viejos defensores de conceptos tan precarios como el marketing con causa que los modernos analistas de riesgos reputacionales. Los primeros serán rechazados por los públicos. Los segundos se pueden permitir el lujo de decirles a sus clientes: están ustedes desnudos como el rey del cuento. E instrumentar nuevas técnicas de legitimación que pasarán en primer lugar por entonar un mea culpa convincente.

RIP a la RSC.




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