4 de abril de 2008

¿Qué hacías tú en Mayo del 68?

Sarkozy ha puesto de moda el bello deporte de la caza al sesentayochista. Junto con otros cuantos caballeros pontifica sobre los males de la patria suya y determina que algunos polvos que empañan la visión y contaminan los pulmones sociales de nuestros días vienen de aquellos lodos de Nanterre y del Quartier Latin.

Todavía la historia no se ha puesto de acuerdo sobre el significado del mayo del 68 en París. Algunos dicen que fue el canto del cisne de las políticas revolucionarias inspiradas en el marxismo. Otros cuentan que fue el principio, algo así como una reedición de la Comuna, de una nueva forma de entender el espíritu revolucionario para enfrentar las nuevas formas de capitalismo.

En España las cosas eran posiblemente mas difíciles de entender. Mayo del 68 fue el mes en el que corrimos delante de los grises después del recital de Raimon en la Facultad de Económicas de Madrid. Algo del espíritu francés ilustraba aquel acontecimiento. Los gritos y los lemas como “democracia popular” quedan todavía asociados a mi memoria como los mas significativos. Mas allá de las querencias de la fracción de la población española que apostaban por la democracia, por la pura y simple democracia, muchos jóvenes universitarios le estaban poniendo un traje “popular” a dicha democracia.

Era muy joven entonces, 17 años. Acababa de entrar a militar en células- así se llamaban entonces los grupos clandestinos del PCE- de las Juventudes Comunistas de Madrid. Era una militancia peripatética que consistía en realizar largas caminatas recibiendo doctrina e información del responsable de la célula. Mi responsable era Manolo, Pablo de nombre de guerra- a lo mejor era al revés-, vecino del barrio de Quintana que a su vez formaba parte del comité de Ventas de la organización. Manolo no era precisamente un fanático de las formas de vida clandestina y poco a poco te incorporaba a su propia vida familiar. Terminaban las reuniones en su casa y a ellas asistía hasta su padre, un sindicalista panadero.

Mi recuerdo de aquellas reuniones era el de discutir mucho sobre Praga-asistíamos en paralelo de la movida francesa a lo que se llamó la primavera de Praga- y sobre Francia. Manolo y su familia personificaban en buena medida la vieja cultura comunista de Madrid. Hasta esos finales años de los 60, la mayoría de la militancia estaba formada por padres e hijos de probada seguridad. Era el PCE entonces un grupo que había sido castigado duramente por la represión. Todavía recuerdo como la historia de la detención de Grimau-1963- formaba parte del ambiente afectivo de aquellos años. Todos parecían haber conocido al supuesto traidor del ajusticiado. Paseabas por la avenida de Felipe II y te señalaban la vivienda del delator.


Decía que para Manolo mentar la primavera de Praga le producía sarpullidos. Muchos comunistas de entonces no podían entender como era posible enfrentarse al centro comunista, a Moscú. Tampoco, hablando de París, les entraba en la mollera que unos jóvenes de las universidades se permitiesen el lujo de desplazar al PCF, a los potentes comunistas franceses, de la cabeza de las movilizaciones. Pero los jóvenes, sobre todo los mas informados, los universitarios, intuían que existían lazos invisibles pero sólidos entre los dos procesos. En las pocas veces en aquellos meses en las que se podían mantener reuniones mas amplias Paris y Praga eran invocadas con ilusión.

Algo estaba cambiando. Ya no éramos pocos los melenudos y patilludos que formábamos parte de aquellas organizaciones de izquierda. Los que veníamos a aportar una visión moral de las cosas mas abierta, mas ácrata. Los temas sobre el sexo, las relaciones entre compañeros, ya no se atenían al sobrio y púdico marco tradicional con el que se entendían esas cosas en los partidos tradicionales. Estaba Dylan, estaba California y Vietnam. Estaba el rock. Y la maría y otras hierbas legionarias formaban parte del entorno de algunos de estos nuevos militantes. Nuestros ídolos ya no eran los personajes de la trinidad marxista: Marx, Engels y Lenin, Ni siquiera Mao ni Ho Chi Min. Nuestros ídolos eran la guapa y negra Ángela Davis, nuestra Obama, y Che Guevara.

El caso es que era primavera y las playas estaban debajo de los adoquines del bulevar Saint Michel. Y hasta allí que nos fuimos unos cuantos desarrapados. El camino era sencillo. Te ibas hasta San Sebastián y allí tomabas el Topo, un tren de vía estrecha que te dejaba al otro lado de la frontera. Entonces pasaban muchos trabajadores desde el lado español de la frontera hasta el otro. Y no eran comunes los controles fuertes. A veces enseñar el pasaporte desde lejos era suficiente. Luego te montabas en un tren hasta Paris. Y llegabas a Austerlitz. Te habías aprendido un número de teléfono. Te decían vete a la rue de Marat. Hay un teatro de la CGT. La portera sabía de donde venías. Te metían en el teatro. Te dormías. Un grupo de niños de algún colegio ensayaba en el escenario. Te despertabas. Preguntabas y te hacías seguir esperando. Al final alguien llegaba y con él marchabas a la gare de Lyon o a la de Nord, ya ni recuerdo por que fueron tantos viajes y te daban un billete “aller retour” a alguna ciudad dormitorio, que se yo, a Gros Noyer por ejemplo. Allí te recogía un camarada, un viejo republicano de Valencia o un joven recién exiliado. Cuanto mas viejo era la persona mejor te lo pasabas. Te inflaban a preguntas. Tu eras un héroe de la resistencia. Te llevaban los domingos a repartir L´Humá entre los camaradas. Te colocaban una guitarra en la mano, tocases o no tocases. Había que cantar el gallo negro, santa bárbara bendita y el sursum corda. Pero luego había paella y vino.

Al final conseguía desembarazarte de tanta recepción y te ibas al centro. Te acercabas al Odeón, a la Sorbona, a los jardines de Luxemburgo. Y ya no había revolución. Desde entonces tengo la sensación de llegar tarde a todas las revoluciones. Llegue tarde al Abril de Lisboa. No voté al PSOE en el 82.

Compré un libro apaisado, con las tapas rojas que se llamaba algo así como escrito sobre el muro. Al llegar a Madrid me lo “incautó” mi amigo Joan Pla. Entonces trabajaba en una empresa de pinturas del grupo March. La Sherwin Williams. Joan era jefe de publicidad. Para él el libro debía de tener su valor. Nunca me lo devolvió. Yo nunca se lo he pedido. Si me lees, Juan, que sepas que aquel libro era mío. En aquel libro estaban las frases mágicas: “sed realistas, pedir lo imposible”. “La imaginación al poder”. “Están comprando tu felicidad, róbala”…..

Vuelvo al principio. Hace ya cuarenta años de esto. Y pregunto:

¿Qué hacías tú en Mayo del 68?


ACTUALIZACIÓN

Acabo de encontrar este documental en video

"Mayo del 68 en el barrio latino de París"
De Serge Huet y Fundacio Serveis de cultura popular.



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