16 de abril de 2008

El honor del agua


Pantano de Entrepeñas. Guadalajara. España.
1294, originalmente cargada por Juanjo Martínez.


Desde que tengo uso de razón la sequía es una palabra que acompaña mi vida. He conocido en distintos lugares, incluso en Madrid, cortes de agua en distintas épocas. Por no hablar de los dos añitos que me tiré cumpliendo con la patria en el desierto del Sáhara y en los que la palabra agua iba asociada a dos reflejos pavlovianos: el primero a la sensación de mascar tierra y el segundo al de llevarse la mano a la cartera para pagar por unas botellas de agua tratada que venían de Canarias lo que no está escrito.

Todos los de mi edad tienen en la memoria grabado indeleblemente con aquella vocecita de pito aquello de “españoles, la pertinaz sequía que padecemos….”. Por lo tanto sabemos de qué va el asunto.

No se si llueve menos que entonces, pero de siempre hemos sabido que existe una España seca y una España húmeda que de alguna forma se asociaban a la España pobre y a la rica. Allí donde había agua, había riqueza y donde no, pues eso…

Pero para algo se hicieron los pantanos, los planes de regadío, aquello del Plan Badajoz por ejemplo. Y en algún momento nos llegamos a creer que toda España llegaría a ser un vergel. Estoy hablando por ejemplo de los pantanos de Buendía y Entrepeñas. Hasta ciudades de vacaciones se crearon en su entorno. Los vecinos de Sacedón y otras villas de Guadalajara llegaron a creerse los pobres que aquello era una sucursal de Cannes. Fue todo una ilusión. Hoy pasear por esos parajes y pueblos es como hacerlo por un desierto mas triste si cabe por tener memoria de lo que pudieron ser las cosas y no fueron.

La cuestión es que los que se hicieron ricos fueron aquellos pueblos del Mediterráneo que recibieron el maná del turismo y que dedicaron a toda prisa sus caudales de agua, a veces propios y a veces ajenos, a suministrar agua a millones de grifos de apartamentos y hoteles que solo se abrían en verano. Mientras tanto enormes inversiones a lo largo de tres décadas conducían las aguas desde la cabecera del Tajo al Segura y otros afluentes. O sea, tal como acaba de decir el vicepresidente del gobierno de Castilla La Mancha, dejémonos de monsergas sobre el maltrato a Valencia, pues esa región ya ha estado recibiendo durante años aguas que nacían en otras regiones.

No tienen ningún derecho a escatimar a otros lo que ellos han tenido como capital para convertirse en regiones punteras. Dicen que quien no llora no mama. En Valencia el refrán es quien no se manifiesta no tiene negocios turísticos. Ahora, ya se está anunciando, se apresuran a amenazar con obstruir con miles de personas las obras que van a llevar agua desde Tarragona a Barcelona.

No soy un experto en estas materias. Lo que digo es como simple ciudadano. Lo único que sabemos es que el 80% del consumo del agua se va a usos agrarios. Pues señores, si ha llegado la hora de dar marcha atrás a tantos años de abrir nuevas áreas de regadío, pues hagámoslo.

Se dice que un 30% del agua se pierde en conducciones ineficientes. Pues invirtamos en nuevas canalizaciones y en ahorro.

Se comenta que mantener tantas zonas verdes en nuestros chalecitos en la costa, en nuestros campos de golf y en tantos usos indebidos del agua es una locura ecológica. Pues tratémonos esa locura.

Por último, por favor pedir a los políticos, que dejen de usar el agua como bandera. Digamos con nuestro amigo Bruce “be water” y dejémonos ya de tantas pamplinas. Hay en este país decenas de científicos, de geógrafos y de técnicos que tienen soluciones, ideas y proyectos. Y al próximo que hable de honor y de agua a mandarle un billete de autobús para que visite las Tablas de Daimiel o los pantanos de las alturas del Tajo. Entonces sabrá donde desapareció el honor del agua y desde cuando.

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