18 de septiembre de 2012

En la muerte de Santiago Carrillo


Intervención de Santiago Carrillo en el mitín del PCE celebrado en Montreuil, Francia, en el año 1971. El corte forma parte de un documental sobre aquel mítico mitin filmado por Pere Portabella.



La juventud madrileña
está alegre y muy contenta
porque Santiago Carrillo
nos dirige y nos orienta…

Allá por los finales de los años 60 del pasado siglo y con la música de La Cucaracha cantábamos esa y alguna otra copla dedicada al camarada Carrillo los chicos y chicas de las Juventudes Comunistas de Madrid. Para nosotros Carrillo era un mito en la distancia. Muchos seguramente ni siquiera podían ponerle cara pues apenas circulaban fotos con su imagen. Teníamos libros, discursos y artículos publicados en la prensa comunista. Poco más.

Así no es de extrañar que cuando en algún momento del año 70 me tocara asistir en Francia a una reunión clandestina en las cercanías de París apenas pude reconocer a Carrillo si no fuese porque era de las pocas personas mayores asistentes a la reunión y por el protagonismo que asumió en las discusiones. Acompañado del andaluz Ignacio Gallego y del gallego Santiago Álvarez, viejos mitos de la clandestinidad, Santiago Carrillo se empeño en transmitirnos a fondo las posturas del partido en torno a la agenda de una organización comunista menor como era la de la Unión de Juventudes Comunistas de España. Recuerdo en particular la discusión en torno a la presencia de los jóvenes en el ejército. Todavía existía el mito de que los comunistas debían ser buenos soldados y aprender las técnicas militares por si en algún momento pudiera ser útil para la causa del pueblo. Supongo que más de uno se extrañará de que en aquellos años todavía se pudiera tratar del tema bajo esa perspectiva. Cosas de la época y prueba de que los comunistas todavía vivían inmersos en una cultura política propia de la guerra fría.

Se vivieron en aquellos años finales de los sesenta y principios de los 70 una serie de acontecimientos como el Mayo francés, la invasión de Checoslovaquia por las tropas soviéticas o el gobierno de la Unidad Popular en Chile que fracturaron de arriba abajo todo el movimiento comunista internacional. En aquellos años nacieron las líneas de ruptura que llevaron a la mayoría del PCE a adoptar un modelo de organización y un programa político que posteriormente se dio en llamar eurocomunismo. La vida en la clandestinidad en el interior de España no permitió vivir aquellos debates en condiciones adecuadas y la bronca y la fractura se instaló en las filas comunistas del exilio casi en exclusiva. Fueron los años en los que dirigentes como Lister y otros de la misma cuerda crearon formaciones que se fueron arrastrando a lo largo de los años y que apenas incidieron en la vida interna de los comunistas españoles del interior.

Carrillo puede que en aquellos años estuviese a tope en sus facultades políticas como dirigente. Tenía una enorme experiencia y su capacidad de síntesis le hacía brillar en el interior de un partido sólidamente organizado. Recuerdo en particular el mitin del 71 en Montreuil como una de las cumbres de su liderazgo. Y por supuesto los mítines de los años 77 y 78 en las plazas de toros y los estadios de toda España.


Luego ya no tuve más ocasión de ver a SC en persona hasta los años de la transición. El PCE tenía una oficina en la calle Claudio Coello, en pleno barrio de Salamanca. Allí acudía yo casi todas las semanas a algunas reuniones de coordinación del departamento internacional que dirigía Marcos Ana y era ciertamente fácil cruzarse con SC por el interior de la casa. Se trataba en aquellos años de formar una estructura moderna capaz de hacer frente con las debidas garantías al reto de la democratización de España. No es la idea de este escrito la de contar la historia de aquellos años. Solo la de evocar- con mis propios recuerdos- la persona del recientemente fallecido Santiago Carrillo, secretario general del PCE desde los años 50 y personaje ya histórico de la lucha contra el régimen desde los mismos años de la República. Carrillo llegó a Madrid rodeado de un equipo muy veterano procedente del exilio. A aquel equipo se le fueron sumando personas y personalidades de la lucha clandestina como Pilar Brabo, Romero Marín, Sánchez Montero, López Salinas. Pero no hubo forma o tiempo de crear una organización con mayor presencia de unas bases entusiastas reclutadas en los últimos años del franquismo y los primeros de la transición en los ambientes universitarios, profesionales y laborales. Inventos como los de la “territorialización” por los que se pretendía superar la vieja organización basada en células y comités a través de agrupaciones de base territorial tuvo mucho que ver. También la incapacidad de superar el reto de la institucionalización que provocó la emergencia de una nueva clase de dirigentes volcados al trabajo en los ayuntamientos, las nuevas comunidades autónomas, etc.

Si a eso añadimos la labor de zapa del PSOE provocando la fuga de cuadros comunistas que le resultaban necesarios para ocupar las crecientes parcelas de poder que les tocó ocupar, tenemos el dibujo de una organización que pasó en pocos años de la gloria de haber sido la formación mas sólida del antifranquismo a una pequeña formación desmadrada y encabronada en su interior. A los disgustos por la misma forma que adoptó la transición se añadieron las dificultades de integrar generaciones, procedencias e intereses en el seno del partido. Muchos nos despegamos entonces del proyecto. Llegó el momento en el que solo los muy militantes o los más dotados para la intriga se sintieron cómodos en la organización.

En aquellos años, finales de los 70 y principios de los 80, éramos muchos los que considerábamos que Santiago era ya un tapón y que debería haber abierto una transición interna en el PCE. Pero las cosas nunca se hacen a satisfacción de todos. Yo me decía “con lo mayor que es este hombre tendría que estar cuidando de conseguir que la mayor cantidad posible de gente asistan a su entierro”. Si, si, mayor. Treinta años más de vida. La vida es imprevisible igual que la muerte. Santiago en el golpe de estado del 81 firmó la mejor página de su historia personal. Fue como el canto del cisne. Su persona quieta en su escaño ha quedado como la prueba de la dignidad política. Pocos pudieron decir lo mismo de esa generación de políticos.

No es el momento de tratar sobre la transición. Creo que los medios están vinculando en demasía a Carrillo a aquellos años. Para mí que la persona de Carrillo trasciende a esa época. Incluso me atrevo a decir que no fueron precisamente aquellos sus años más fértiles.

Fértiles, ricos y hermosos fueron los años anteriores en los que Carrillo supo formar una organización abierta a las nuevas generaciones de españoles que no habían vivido la guerra. La política de reconciliación nacional, la ocupación de zonas de libertad, la definición a favor de un socialismo humanista y la dureza en mantener viva una organización política a despecho de la dictadura son su mejor tarjeta de presentación ante la historia. Detrás de aquellos tiempos quedaron los de la guerra civil, los de los años de hierro de la guerra fría, etc.

Y por delante, después de los de la transición, quedaron los muchos años dedicados a aportar su lucidez al análisis de la realidad política española desde los medios de comunicación. No se como se apañaba para interpretar los hechos políticos siempre con naturalidad y tino y sin detrimento de sus ideas, sus profundas ideas socialistas.

Ya solo me queda recordar la otra copla que le dedicábamos los chicos de las JJCC en aquellos lejanos años:

Cuchillo, cuchara, que viva Che Guevara
Cuchara, cuchillo, que viva Carrillo

Descanse en paz Santiago Carrillo, un testigo y un protagonista de la historia de España.
 



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