25 de septiembre de 2012

El barón de Münchhausen y los mundos de Yupi





Si uno tuviera tendencia a tomar como verdad revelada los pensamientos y las concepciones que mas coinciden con sus propias creencias o deseos terminaría por vivir en el mundo de Yupi.

En estos momentos, por ejemplo, uno pensaría que estamos a punto de entrar en un proceso constituyente debido a la presión irresistible de un pueblo luchador que llena las calles de las ciudades gritando a favor de cambios transformadores radicales. Incluso las voces y los ecos que hablan de “autogestión generalizada” le sonarían como música celestial. Los ingleses tienen una expresión para definir el síndrome de confundir los deseos con realidades: wishful thinking, literalmente pensamiento ilusorio, que define muy bien la situación en la que las emociones mandan sobre la razón.

En condiciones normales es fácil sustraerse a esa confusión, tenemos tiempo y tranquilidad para resolver los problemas. En situaciones de crisis como las que vivimos tenemos tendencia a ilusionarnos o a inventarnos estrategias fantasiosas, aunque solo sea para huir de la espantosa realidad que nos atenaza o para evitar caer en la depresión y el abandono. Es preferible tomar impulso y utilizar el famoso procedimiento del barón Münchhausen de tirarse de los pelos uno mismo para elevarse sobre las aguas y arenas movedizas del pantano.

Algo de eso creo que nos pasa a muchos de nosotros. Ilusionados por ver la llegada al campo de la lucha política de colectivos muy numerosos-la generación del 15M principalmente- y que aportan una enorme frescura y una nueva visión de las cosas, caemos en la tentación de creer que estamos a punto de asistir a uno de esos raros periodos de la historia antesala de las revoluciones o de cambios transformadores. Como además los tiempos coinciden con un deterioro tan visible de las instituciones que nos gobiernan, nos inclinamos a sumar a la necesidad virtud y establecemos una mirada sobre la realidad cegada por la ilusión y el encantamiento. En el fondo de nuestro cerebro hay una señal de alerta que nos avisa sobre la dificultad del empeño pero incluso con ese despertador puesto nos negamos a ejercer de aguafiestas y nos apuntamos al guateque de la revolución pendiente. Algunos hasta el delirio si fuese necesario.

¿Cómo no va a ser posible el cambio si es necesario? ¿Cómo puede la sociedad renunciar a salvarse? Esas preguntas ingenuas nos conducen al mismo escenario. Decimos que lo ilusorio es no cambiar, que el peor de los escenarios es quedarse quietos y asistir a nuestro funeral. Este es el mayor de los engaños. Confundir el instinto de supervivencia de la especie con el propio de las sociedades. Sin entender que a veces las sociedades pugnan por su propia desaparición como mejor receta para conjurar las grandes crisis. Y que la suma de los intereses privados, la acumulación de demandas de todo tipo tiende a colapsar los sistemas, incapaces de acomodarse a nuevas formas de interés común basadas en la emergencia, la justicia y la supervivencia social. Y de ese colapso nacen convulsiones sociales y políticas que nos hacen retroceder en materia de libertades y caer en tentaciones populistas.

En resumen y para no seguir con estas disquisiciones de pensador de tercera. Creo que a despecho de lo que nos dicta el corazón, no vivimos en medio de una situación prerrevolucionaria. Al contrario, son tiempos de fragmentación, de sálvese quien pueda. Y la política en estos tiempos exige más que nunca tino y tranquilidad. Necesitamos estrategias y partidos políticos capaces de visualizar un proyecto transformador asumible por el conjunto social. Y un clima de debate honesto, de libertad de discurso. Pero sobre todo trazar argumentos comunes, proyectos que abran un tiempo nuevo en el que quepan las inmensas mayorías.

En España vivimos un momento fundacional de esas características, muy parecido al de nuestra transición. Y, desgraciadamente, nos falta un relato de aquellos años que huya de las dos teorías más difundidas y asumidas por las historiografías dominantes sobre ese periodo de nuestra historia. Que se separe de los que ven la transición como un modelo altamente exitoso lleno de inteligencia y diseño cuando no fue así como pasaron las cosas, pues la chapuza, el cálculo y la improvisación fueron a veces los motores del cambio. O que etiquete a la transición como la gran traición al pueblo, como la venta de un pueblo luchador al que se manipuló. Ni una cosa ni la otra.

Hoy estamos viviendo episodios que nos retrotraen a aquellos años. Unas instituciones económicas, empresariales, políticas y de gobierno al borde del desmayo, bunkerizadas e incapaces de acomodarse a los cambios. Unas demandas populares de naturaleza social, política y territorial imposibles de ser satisfechas al mismo tiempo. Una calle en ebullición. Y una mayoría social enormemente insatisfecha, asustada y desvertebrada. Unos pocos pugnando para que nada cambie, otros pocos para que todo se transforme. Y muchos asistiendo al espectáculo con ansiedad, desconfianza y tremendo desengaño, cuando no sumándose a aventuras populistas o propuestas de huir de la quema con salidas particularistas.

En aquellos años hubo que crear nuevas estructuras de representación, desarrollar proyectos de país. Y esa es la diferencia con los años actuales. Aquí no vemos la emergencia de fuerzas que vayan articulando un discurso razonable y apuestas de transformación. No vemos el diálogo de las fuerzas políticas entre si. No vemos una derecha reformista en tensión con capacidad de renovarse. No vemos una izquierda modernizadora y reformista. El PSOE parece arrastrar los pies, con cansancio de fuerza acomodada. Los continuadores del PCE o del PSUC están divididos en fracciones o anulados en su conexión directa con el pueblo. Los sindicatos entonces emergentes, llenos de vigor hoy padecen de la enfermedad senil típica de las organizaciones jerarquizadas. La otra izquierda, la izquierda juvenil radicalizada de aquellos años es posiblemente hoy algo mejor que la de entonces. Está más enraizada en los nuevos movimientos populares. Pero no tiene espacios propios de debate, ni dispone de la fuerza organizativa necesaria para tener presencia en la sociedad.

Termino este rollo patatero. Creo que tenemos mucho trabajo, que la política es nuestra salida y que tenemos que arar con los bueyes- que nadie me malinterprete- de nuestra propia finca.  Se trata de llevar al ánimo de nuestra clase política la demanda de que se muevan. Que superen esa dinámica antipolítica que hoy les mantiene acogotados. Que abran las puertas de las instituciones. Que se mezclen con el pueblo. Todo antes que asistir al triste espectáculo de estos días. De un Congreso asustado, encerrado. Y con los guardias de la porra como su mejor defensa. Que tristeza.
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