4 de enero de 2010

Fin de año en Francia


Dos imágenes de Paris tomadas con la Harinezumi. La primera es una vista desde Saint Michel hacia los jardines del Luxemburgo. La segunda la placa que informa de la casa en la que nació Max Aub.



Y aquí otras dos fotos también de Harinezumi del palacio de Oiron y de una mansión de estilo normando del siglo XIX. En el valle del Loira.

He pasado una semana en la Loira francesa. Sin prensa, sin internet, sin televisión ni radio. Además me olvidé mi MP3 en el que suelo grabar podcast de temas culturales o de actualidad como entretenimiento nocturno para ganar el sueño.

Solo me ha quedado la lectura, la conversación, los paseos por algunos de los famosos castillos de la región y las sesiones de cine nocturno. Amén de las delicias gastronómicas que han hecho de mi estancia una especie de gran bouffe y que me van a obligar a hacer penitencia durante varios meses. Alojado con otras veinte personas en un caserón de estilo regionalista normando de finales del XIX he llegado a la conclusión de que merece la pena aislarse del mundo durante unos pocos días para darse cuenta de lo superficial e innecesario de muchas de nuestras costumbres cotidianas.

Con el firme propósito de aprender la lección inicio, pues, la travesía del nuevo año.

Ya no recuerdo la fecha de mis primeros viajes a Francia. Posiblemente del 65 o 66. Si recuerdo que mi primer viaje a París fue en el verano del 68. Llegúe tarde a la famosa revolución de Mayo, alguna vez he hablado de ello en el blog. Mi padre trabajaba los veranos en San Sebastián y con tal motivo la familia veraneaba en la villa donostiarra. Eran frecuentes los viajes a San Juan de Luz, a Biarritz y a Bayona. Pero viajar a París era entonces como ir a una nueva dimensión. Pasar del provinciano Madrid a la ciudad luz era como atravesar la puerta del tiempo. Mas en mi caso, cuando se fueron haciendo frecuentes mis viajes por razones de militancia política y viajar por Francia se convertía en una pequeña aventura barojiana.

La clandestinidad de la vida militante te obligaba a hacer unos recorridos muy particulares. La cosa consistía en evitar los expresos nocturnos y los controles policiales que los trenes sufrían. Eran entonces los vagones verdaderas sucursales de comisaría. Pasabas a Francia en el topo- un tren de via estrecha- desde la estación de Amara en las tempranas horas en las que viajaban los numerosos trabajadores que hacían sus jornadas de trabajo en empresas francesas de Hendaya y de la región. Los controles policiales en esas condiciones consistían muchas veces en la exhibición a distancia del pasaporte. Sin embargo en los trenes directos la policía te retiraba el pasaporte y eso podía ocasionar muchos transtornos. Nunca tuve que pasar la frontera por los caminos pirenaicos pero llegue a conocer alguno de ellos por el valle de Arán y conocí a barqueros de Hondarribia que organizaban pasajes de una orilla a la otra.

Llegabas a París por Austerlitz y te dirigías en el metro a una dirección previamente acordada. Recuerdo un teatro de la CGT o de la municipalidad en la rue Marat en el que te dejaban medio abandonado en el patio de butacas hasta que un camarada venía a por ti. Previamente podías dormirte y ser despertado por los grupos infantiles que venían a ensayar.

Según como fuese el programa posterior podía ocurrir que la primera gestión que hacías con el recepcionista fuese la de hacerte unas fotos en el photomatón de algún drusgtore para que el Partido, aclaro que Partido en aquellos años solo lo podía ser el Comunista, te facilitase un pasaporte mas falso que un duro de Cadiz. Eso era lo normal si tu viaje proseguía hacia alguno de los paraisos socialistas de la época en los que te tocaba representar a tus compañeros en algún congreso de las juventudes comunistas u organizaciones de esa órbita.

Mientras que llegaba el momento del viaje o de los viajes podían pasar dos cosas. Que te alojases en algún hotelucho céntrico si la cosa iba rápida o que te recogiese alguna familia militante si la organización tenía que tomarse su tiempo. Recuerdo con placer algunas estancias en la casa de una familia valenciana en un sitio llamado Gros Noyer Saint Prix.

Dias enteros a tu disposición para recorrer la geografía parisina con especial cuidado de evitar ciertos puntos peligrosos como podían ser las librerias españolas o los cafés frecuentados por los españoles. Ese era un lujo reservado para los exiliados permanentes pero poco apropiado para los que teniamos que regresar a España. Lo tuyo era recorrer de noche y de dia las calles parisinas. Refugiarte del frio en los cines si el viaje era en invierno. Y aliviarte del calor en los parques públicos. Creo que desde entonces el Luxemburgo ha sido mi mas fiel paseo parisino. Comías en cualquier parte. Me gustaba viajar en los trenes que salían de Saint Lazare o del Nord. Y sobre todo disfrutaba enormemente desplegando mi periódico L´Huma en cualquiera de los bancos públicos de los squares.

Hoy mis viajes tienen un sentido diferente. No me tengo que proteger del frio metiéndome en el cine y puedo visitar todas las librerías que me apetezca. Y llegar al Luxemburgo es tan sencillo como cruzar de acera desde la casa de mi familia. Leo Le Monde y El País que se edita en Francia. Pero las sensaciones al pasear por las galerías del boulevard Montmatre o por las calles del barrio latino siguen siendo las de siempre. Las de estar viviendo en un sueño. Para mi París es una aventura. Siempre descubro alguna cosa desconocida. Unas veces es un passage, me pasó recientemente con el existente en la rue de Cairo. Otras es una placa dedicada a algún escritor, artista o heroe de la resistencia. Mi último descubrimiento es la placa en la casa que vio nacer a mi querido Max Aub.

En esta ocasión no me ha tocado París salvo en los dos primeros días. Mi destino principal, ya lo decía al principio, ha sido la región de la Loire. A escasos kilómetros de la ciudad que Richelieu mandó construir a mayor gloria de si mismo en el pueblo de sus antepasados. Esa Francia rural sigue teniendo el encanto de siempre. Si no fuese por los penachos de vapor de las centrales nucleares que bordean toda la campiña francesa uno diría que sigue viviendo en los tiempos de los tres mosqueteros y de las aventuras galantes de la corte de los Luises.

Paseos con botas de agua por los parques. Visitas a algunos seleccionados palacios y museos- recomiendo, ya que estamos, el castillo de Azay-le-Rideau y el de Oiron- y a los mercadillos locales. Películas francesas por la noche- redescubriendo la maravilla de Jules et Jim por ejemplo. Y un continuado comer y beber. Poulardas de Bresse, capones, quesos y hasta una fabada asturiana que me tocó preparar. Vinos tintos, blancos, champañas y licores de todo tipo. Y conversación, mucha conversación familiar.

Vuelvo con dos kilos de mas pero con una paz de espíritu que me tiene que durar como mínimo hasta el verano. Una buena inversión.


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