20 de abril de 2009

Derechos de autor, descargas ilegales, ideologías y batallas corporativas


Top manta, originalmente cargada por Daquella manera.

En la polémica sobre las descargas ilegales de música o de video en Internet me sorprende la coincidencia entre los partidarios del anarcocapitalismo con aquellos de perfil ideológico de izquierda radical o socialdemócratas temperados. Parece, sobre todo entre blogueros ilustres, que el afán libertario se impone sobre otras perspectivas como las del respeto a los derechos de autor o la defensa de determinados colectivos o industrias culturales.

LIBERTAD Y LEGALIDAD

Es habitual encontrarse con discursos sobre la libertad de acceso a la cultura o sobre la legalidad de tomar libremente todo aquello que se distribuya en forma de bits que suenan de la misma forma indiferentemente del contexto. Me llama la atención el uso de los dos argumentos en diversos sabores y mezclas y el hilo argumental tan sencillo y uniforme al mismo tiempo. Si no fuera porque no creo en las teorías conspiracionales diría que muchos de los discursos hechos sobre la materia parecen obra de la misma factoría de pensamiento. Puede ser que todo corresponda solamente a la tradicional vaguería intelectual española mas amiga del mitin que de la reflexión.

Sobre la libertad de acceso a los bienes culturales nada que oponer en términos de objetivo histórico. Ojala vivamos algún día en sociedades abiertas y acomodadas en las que la vida transcurra en un continuo intercambio igualitario de bienes culturales. Yo iré a todos los conciertos de mis vecinos que me apetezcan y ellos vendrán a casa a contemplarme declamar en voz alta mis últimas creaciones poéticas. La cosa se complicaría un poco en los productos culturales que exijan un cierto desembolso económico, pongamos el cine o la ópera. Pero bueno, dejando correr nuestra imaginación, cabe suponer que la sociedad comunista arcádica se desarrollará en un marco tecnológico adecuado y altamente productivo. Es cosa difícil que se consiga pero la Utopía tiene esas dificultades de partida. Me viene a la memoria aquel texto de Carlos Marx en el que diferenciaba la sociedad especializada en oficios y decía que “el comunismo… hace cabalmente posible que yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar, y por la noche apacentar el ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico, según los casos.” En el futuro todos seremos artistas sociales y desaparecerán por ensalmo conceptos tan primitivos como derechos de autor y herencias.

IMPUESTOS, LEYES Y CULTURA

Mientras tanto parece razonable que los creadores de cultura puedan financiarse de algún modo. Incluso parece necesario interpretar que sean los propios creadores los que dispongan la mejor forma, desde su punto de vista particular, de obtener la remuneración debida sobre el producto de sus desvelos creativos. Los gobiernos y la sociedad determinarían, regularían aquellos aspectos que procuren la igualdad de acceso a los bienes culturales y los referidos al orden mercantil de las operaciones. Es decir que viviríamos en una sociedad que equilibraría las demandas y el interés social con los intereses de los artistas.

LA FACTURA DEL ARTE

Todas las sociedades desde que el mundo es mundo han buscado el equilibrio. Los autores de las pinturas de Altamira seguramente recibirían algún incentivo social. O bien se librarían de ir a cazar bisontes los días de lluvia o bien ejercerían oficios sacerdotales o médicos. No sé, algo harían con ellos. En las épocas medievales los artistas trabajaban para las iglesias o para las cortes. O comerían en los pueblos y aldeas gratuitamente después de sus funciones de titiriteros o en las ciudades más tarde de declamar como bardos sus últimas obras líricas. Con el invento del capitalismo los artistas pudieron abrir teatros, concedían la venta de sus partituras a editores que les pagaban un tanto y que incluso les adelantaban fondos. Hasta los pintores pudieron buscarse marchantes y dejaron de trabajar en exclusiva para conventos y príncipes. Unos consiguieron ese estatus capitalista muy pronto como los holandeses y otros todavía esperan a poder vivir de su arte como los africanos.

Con la sociedad capitalista desarrollada las formas de ganarse la vida de los artistas sufrieron una evolución tremenda pero dentro de la vieja lógica comercial. La defensa de sus derechos de autor fue un hito de la civilización mercantil. No digamos nada de los sofisticados productos industriales de base cultural como el cine y los mecanismos de difusión creados a la medida de tales especialidades artísticas. Nunca como ahora el mercantilismo de las artes y de la cultura ha llegado a extremos tan elocuentes. Me temo que precisamente esa exuberancia mercantil ha provocado en mucha gente un lógico hartazgo. No digamos nada a propósito de los gendarmes del sistema de aseguramiento de esas nuevas formas de recaudación artística llamados sociedades de autores. Existen pocas formas tan evidentes de labrarse una mala imagen como la actividad de los alguaciles de la SAE viajando por pueblos y aldeas a la caza de bodas, funerales y festejos sin las debidas autorizaciones de esos nuevos alcabaleros del siglo XXI. Si a las prácticas de las sociedades de autores añadimos las presiones de los lobbies de distintos segmentos de creadores a favor del incremento de los presupuestos públicos dedicados a la cultura encontraremos el caldo de cultivo que tanto solivianta a muchos de nuestros conciudadanos, y entre ellos no ocupan un menor lugar lo que podríamos llamar la clase de tropa, el proletariado del mundo de las artes y de la cultura, los jóvenes artistas que a veces son la punta de lanza más activa en la lucha por la desaparición de los elementos tradicionales de recaudación de los derechos de autor.

Es verdad que la exaltación del liberalismo ha conducido a la degradación de las relaciones de los artistas y autores con los mercados pero también lo es que nunca como ahora los creadores han gozado del aprecio y del respeto de las sociedades. Encontrar el término medio entre los legítimos intereses de los autores y los comunes de la sociedad va a exigir la creación de nuevos conceptos . Parece para algunos que todo se reduce a la desaparición de los derechos de autor, por lo menos los correspondientes a los productos culturales en formato digital. Y para otros a la creación de nuevos impuestos y tasas que compensen los destrozos producidos en la industria de la distribución de bienes culturales por los nuevos mecanismos de difusión. Un sector aparentemente más equilibrado lucha por la emergencia de una nueva industria que entienda los nuevos mecanismos y que se traduzca en nuevos negocios, como si las nuevas industrias naciesen por generación espontanea.

CAMBIOS TECNOLÓGICOS

Tendremos que reconocer que las industrias culturales merced al contenido simbólico de los productos sobre los que opera están siendo particularmente castigadas por los nuevos avances tecnológicos. En pocos años hemos asistido a la desaparición casi total de viejos oficios artesanos ligados al mundo del arte y de la cultura. Diseñadores gráficos, delineantes, tipógrafos, fotomecánicos y técnicos de cine y radio han sido las primeras víctimas del cambio tecnológico asociado a la emergencia de los ordenadores personales y la digitalización. Ahora se prevé que la extensión de la banda ancha se lleve por delante a industrias enteras como la del comercio tradicional de música, las salas de cine, muchos medios de comunicación social incluyendo en los mismos a las televisiones y cientos de puestos de trabajo asociados al mundo de la distribución cultural. Igual que para todos los sectores en crisis las administraciones se sienten responsables del intento de suavizar los daños. En las industrias culturales sucede que sus representantes no son precisamente sindicatos de clase de raíz obrera. Estas industrias tienen a su cabeza los mejores talentos que uno pueda imaginar. Y saben cómo hacer las cosas.

EL LUGAR DE LA CULTURA EN EL MUNDO GLOBAL

Una política inteligente para tratar estos temas implica liberarse de los lugares comunes y reflexionar sobre tantos y tantos elementos como los que amenazan nuestro futuro cultural. La cultura, pregunten si no a los americanos, se convierte en el principal argumento de presencia comercial de las naciones y los estados. Nos jugamos mucho al tratar estos temas. Y no es bueno dejar la agenda en mano de los creadores. Parafraseando al general De Gaulle no es bueno dejar la política cultural en manos de los políticos de la cultura. Ni al que asó la manteca se le ocurre poner a la cabeza de la política cultural a la presidenta de un lobby cultural. Diría más: ni siquiera puede ser bueno poner a la cabeza a un creador. Pongan ustedes a un político puro y verán cómo les va mejor. Pero ni por esas. Terminará de ministro de cultura el mismo Pedro Almodóvar o la chica rusa roja que dicen que canta.

NO TODO SE REDUCE A CREAR NUEVAS TASAS

Los últimos acontecimientos parece que están llevando al ánimo de nuestro gobierno una solución para las descargas digitales supuestamente ilegales que pasa por cobrar una tasa sobre la factura de la banda ancha. Las industrias de las telecomunicaciones ya estaban muy activas en estos últimos tiempos para prevenirse de decretos de persecución de este tipo de descargas que afectasen a su mercado. Ahora parece haberse decidido no usar esos métodos tan brutales y tan poco prácticos y se habla de cobrar un suplemento a los clientes de la telefonía que superen una cierta cantidad de Kb de descarga. No es fácil el asunto pues es resulta complicado diferenciar las fuentes y las métricas en las que establecer esos mínimos. Hay clientes particulares y empresariales con distintos perfiles de consumo de datos. Además estamos hablando desde España, desde ese país nuestro en el que la tarifa más barata de ADSL es más cara que la tarifa media de cualquier otro país de Europa. ¿O es que alguien se cree que la industria telefónica va a pagar los platos rotos?

Mientras tanto parece que todo se reduce a la recaudación de tasas para las sociedades de autores o a las políticas de costes de la banda ancha. De la dotación de nuestras bibliotecas, de nuestras instituciones educativas relacionadas con la cultura, de la reducción de presupuestos públicos dedicados a la exaltación de particularismos locales y manías faraónicas a mayor gloria de alcaldes, consejeros de comunidades autónomas y ministros del ramo, de los problemas de los trabajadores afectados, de la crisis de los medios de comunicación, de todo eso “nunca más se supo” como diría nuestro viejo amigo Pepe Iglesias el Zorro.

Que ustedes lo descarguen bien. Por cierto para aviso de políticos un poco anticuados e insolventes tecnológicamente las redes P2P son un invento obsoleto, ya no las usan ni los niños de teta. No concentren ustedes el fuego en esa tontería por favor.

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