13 de diciembre de 2008

DESPEDIDA A UN SIN TECHO DE LA CALLE ELOY GONZALO DE MADRID



En poco mas de un metro cuadrado de acera del centro de Madrid un hombre puede morir solo, desamparado y sufriente. Ya puede padecer una tremenda neumonía y fiebre que le haga pasar la noche medio desnudo en pleno invierno que los viandantes pensarán, al ver el cartón de vino a su lado, que solo está borracho.
Algún vecino compasivo ha tenido la delicadeza de encender unas velas en recuerdo de Rodolfo Araus. Ese era el nombre del sin techo que ha muerto esta semana en la calle Eloy Gonzalo número 10. Pocos preguntarán la razón de esas velas. Por quien o por que se han encendido. Estamos acostumbrados a pasar delante de estas personas sin percatarnos de su presencia, como si fuesen seres invisibles. Un día, por la mañana o por la tarde, nos preguntamos que fue de alguno de ellos. Su permanencia en las calles es corta. Su banco preferido desaparece. El soportal donde pernoctaban se cierra con una verja. El portero solidario se jubila. O el director de la sucursal de la caja de ahorros ya no puede impedir que sus jefes se enteren de que el recinto del cajero automático es refugio nocturno de estos pobres seres.
Rodolfo no era un sin techo cualquiera. Era un hombre culto. Unos cincuenta años. Alto. Guapo. Se incorporó recientemente al pequeño pelotón de las gentes que hicieron de las aceras de Eloy Gonzalo situadas enfrente del Hospital Homeopático su hogar. Alguien mandó quitar los bancos de ese tramo de acera. Se mudaron a la acera de los pares, justo al edificio que fue de Caja Madrid y hoy lo es de Tabacalera. Allí les dejaron instalarse. Supongo que alguien de esa casa se compadeció de ellos. Acumulaban todo tipo de pertenencias míseras. Carros de supermercado, maletas, calefactores, cartones que servían de base a sus pobres lechos.
He preguntado por Rodolfo. Me dicen que durante muchos meses era solo un acompañante de los sin techo del barrio. Les daba conversación, se compadecía de ellos. Que solo se incorporó muy recientemente a su triste cofradía.
Que era un hombre de ideas de izquierda. Que hay quien le recuerda en el colegio electoral Rufino Blanco en las últimas elecciones generales animando a los interventores del PSOE, diciéndoles “vosotros tranquilos que vamos a ganar”.
He preguntado noticias de él. Sus compañeros de fatigas apenas consiguen darse cuenta de su desaparición. Aceptan el pésame con una triste mirada de sorpresa.
Mis últimos recuerdos de Rodolfo. Una noche reciente le veo sentado en un banco acompañado de un voluntario que sostiene una tartera de aluminio y le da conversación. Él está comiendo un bocadillo con la mirada perdida. Una mañana, a las nueve, posiblemente el domingo pasado, una señora llama al SAMUR para informar del estado tan precario en el que se encuentra. Está medio desvestido. Con todo un paisaje a sus pies de miseria. Me imagino que el SAMUR habrá asistido a Roberto como mejor pudieron. Posiblemente su neumonía en esos momentos era ya incurable. El caso es que nadie mandó internarle en un hospital. O él se negó. La libertad de movimientos, el sacrosanto derecho a no hacer lo que uno no quiere hacer nos ampara a todos. Pero, en estos casos, esa libertad también ampara nuestras mejores excusas para no hacer lo que seguramente se debería hacer.
Hoy no he venido a hacer teorías. Ni a acusar a nadie. Solo escribo para dejar una huella del paso por este mundo de un sin techo llamado Rodolfo. Que murió a principios de diciembre en medio de la calle, de neumonía. Y que ni el voluntario, ni la señora que llamó al Samur, ni yo, que pasó todos los días delante de él, supimos acompañarle en su triste final.
Si alguno de mis lectores puede aportar información sobre Rodolfo. Quien era, como pensaba, que le pasó en sus últimos días, por favor que no dude en comentarlo aquí mismo.
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