9 de octubre de 2007

Las leyes de mi memoria



Era moreno, posiblemente mulato. De Canarias. Limpiabotas en los años 50 y 60, en el bar Pekín. El bar Pekín se encontraba en la esquina de los impares de Diego de León con Francisco Silvela, ahora es una perfumería. Había sido soldado de la República y le faltaba una pierna debido a una herida de guerra. Un “jodío cojo”. No tenía ni pensión ni nada. Florencio, un portero del barrio de Lista, perdió la mano izquierda en la guerra civil. Él era, sin embargo, un “caballero mutilado”. Tenía asientos reservados en el metro. Y una paga, pequeña desde luego, no vayamos a creer que el régimen era muy dado a pagar altos sueldos a “sus” propias gentes. Supongo que los dos están muertos.

La señora Satur se quedó viuda. A su marido le mataron en la guerra. Era guardia civil leal al gobierno. La señora Satur tuvo que sacar adelante a siete hijos con todo tipo de trabajos. No tenía pensión de viuda. Solo en los años 70 con la democracia la reconocieron los derechos. Murió en Torrevieja hace mas de diez años. Uno de sus hijos, el único soltero, se la llevó con él. Les resultaba imposible vivir en Madrid por el coste de la vida. Doña Cecilia también quedó viuda. En su caso de un militar profesional muerto en la batalla del Ebro. Tenía tres hijos, uno de ellos muy enfermo. Le concedieron una administración de lotería. En un barrio humilde de Madrid. El negocio solo empezó a dar dinero con los años. Pero con la pensión que la quedó y las comisiones de la administración pudo salir adelante.

Marina y Carito fueron evacuadas desde Bilbao a Inglaterra al principio de la guerra. Tenían 12 y 14 años. Su padre murió literalmente de pena al año de su marcha. Su madre no pudo reencontrarse con ellas hasta mas de 10 años después de terminada la guerra civil. Carito ha muerto el año pasado. Marina vive sola en Inglaterra. Nunca pudieron recuperar su hogar. Nadie se acordó de ellas para preguntarles que fue de su vida. En que idioma pensaban. Hubo muchos curas que fueron asesinados en la zona republicana. Todos, poco a poco, son elevados a los altares como mártires. A los seglares que les acompañaron en la tragedia se les recuerda en cientos de fachadas. Caídos por Dios y por España.

Terminó la guerra. Y las gentes fueron saliendo adelante. Algunos, sin embargo tuvieron que buscarse la vida de cualquier forma. Depurados. Don Aurelio fue profesor mío de matemáticas. Era un excelente maestro. Solo pudo volver a dar clases en un colegio privado gracias al favor de un empresario que se ahorraba pagarle el seguro. Un chico, se llamaba Federico, de un pueblo de Castilla se afilió a Falange en el año 34. Hizo la guerra con Franco como alférez provisional. No sabía hacer la O con un canuto. Siguió en el Ejército. Llegó a comandante. Nunca pasó por una academia militar. En su caso era casi imposible, apenas sabía leer.

Déjenme que recuerde a tantos depurados. A tantas viudas pobres. A tantos jodios cojos.

No necesito para ello ampararme en otra ley que la de mi memoria. A ellos, a los que ya dejaron de ser memoria hasta en sus familias les debemos un tributo. El de nuestro reconocimiento. Y alguna que otra lágrima. Lo demás no importa. Solo pienso una cosa. Aprobar una ley está bien. Tener que aguantar a Acebes los comentarios sobre esa ley, ensucia tanto la memoria que me pregunto si ha merecido la pena. A mi no me compensa tanto descaro y tanta maldad. Prefiero creer que gentes como este hombre no existen.. soy mas feliz en la ignorancia. Solo tengo mi memoria.

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