16 de mayo de 2006

Las terrazas de Madrid


Las terrazas son las cigüeñas precursoras del verano del Madrid del siglo XXI. La falta de estos animales zancudos que no se atreven a armar sus nidos en los altos árboles de Madrid por si Gallardón los incluye en la tala y derribo- extracciones en el neoargot municipal- se suple con la apertura de las terrazas que son el heraldo del final del invierno en esta ciudad.

Las terrazas de hoy son las herederas de los viejos merenderos y de las sillas de enea que los vecinos de antes sacaban a la puerta de la calle para tomar la fresca. En escasos sitios- terraza de Bellas Artes y algunos otros pocos de la Castellana- rememoran los ampulosos sillones de mimbre a la Enmanuelle que los señoritos ordenaban sacar a los mozos a las puertas de los casinos mercantiles.

En los merenderos de antaño las familias acumulaban fabulosas cantidades de comida hechas por la mañana: filetes empanados, tortillas, pimientos asados, ensaladas de tomate y lechuga. El merendero ponía las mesas, las sillas y la bebida en armoniosa asociación con los clientes. Eran famosos los merenderos de Cuatro Caminos y Ventas. En la biografía de Antonio Machado que acaba de escribir Ian Gibson cuenta que el desastrado poeta se encontraba con su platónico y gran amor, Pilar de Valderrama, en un merendero de Cuatro Caminos. Con lo cursi y estrecha que era esta señora ignoramos que viandas aportaba procedentes de su chalet en Rosales. Seguro que las meriendas se las preparaba el servicio doméstico de la época que solía proceder de las provincias norteñas. Yo he llegado a conocer alguno de los merenderos de Ventas- si, si, ya tengo cierta edad ¿pasa algo?-. Estoy hablando de los finales del 50: los niños nos dedicábamos solemnemente a recoger las chapas de las botellas de Mahou y de Orangina, cuanto mas lisas mejor para los campeonatos de chapas ciclistas. Con los cromos de Berrendero- que todavía vende y arregla bicicletas en Álvarez de Castro- y otros héroes del ciclismo patrio se componían verdaderas joyas artesanas. Había que saber recortar cristal y utilizar sabiamente la plastilina. El trabajo e redondeaba mediante el pulida en granito de la chapa. Algunas parecían de plata. A los niños mas pequeños les tocaba abrir las veredas en la tierra con sus dos manitas. Los futuros urbanistas diseñaban pistas, montañitas, curvas y chicanes. Las líneas de meta se aderezaban con palitos y banderitas. Al final todo era trabajo manual. El mundo no ha cambiado tanto: las maquinitas y los videojuegos que son si no maquinas que se interpretan con las manos y los dedos. Herederas de los viejos merenderos son las terrazas de Olavide, las mejores representantes de los valores de aquellas épocas. Hasta los menús que ofrecen rememoran las viejas recetas familiares con peor o mejor fortuna.

También existen las terrazas tertulianeras encabezadas por las del café Gijón y algunas pocas mas. Empezaron en su día como una aventura de poetas e intelectuales que decidieron asomarse a la calle en noches de calor para observar y ser observados. Corrieron su riesgo y acertaron. Hasta los programas culturales de la tele se emiten desde las terrazas. Y la moda pasa por delante de sus veladores. Posted by Picasa
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