9 de febrero de 2006

Robinson Crusoe en la ciudad


Va por la vida con dos o tres carros del super. Bolsas, maletas rotas, mantas sucias. No habla con nadie pero sabe escuchar. Nunca pide dinero a nadie. Alguna vecina le ofrece bocadillos. En ocasiones se le ve compartiendo un plato desechable con pollo asado con un colega que parece Viernes. Me contaron su historia. Dicen los asistentes municipales que padece el síndrome de Diógenes. Su madre falleció y no tiene familia. Tiene la mirada perdida, nunca parece atento al caos que le circunda. Pero vigila sus pobres propiedades como si fueran el mayor tesoro del mundo. Va curioso dentro de lo que cabe. Le he visto asearse en los baños del centro de salud del barrio. Suele tener algún amigo tan huidizo como él. De día en día se le ve acumular mas y mas bolsas llenas de sabe dios qué. El ciclo termina abruptamente cuando los servicios de limpieza le retiran toda la miseria en un descuido. Vuelve a empezar de nuevo a acumular. Todo es un continuo naufragar en su vida. Pero él es Robinson Crusoe.
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