16 de noviembre de 2008

Juan Carballedo. Muerte en Mozambique.


Como nadie va a escribir mejor que Juan Barceló la historia de uno de los nuestros, la vida y muerte de Juan Carballedo, aquí me permito copiar sin mas preámbulos lo recientemente escrito por él en Kaos en la Red.

Ha fallecido el Dr. Juan Carballedo, médico humanista

Juan Carballedo, médico rebelde y humanista, ha fallecido el 13 de diciembre en Maputo.Luchador incansable contra la dictadura franquista. Dedicó sus esfuerzos a organizar hospitales de campaña.

Juan Barceló | Para Kaos en la Red


El día 13 de noviembre ha muerto en Maputo, Mozambique, el médico español Juan Carballedo. Había nacido en Madrid en 1948, de familia de ferroviarios. Estudió medicina y en los años sesenta se incorporó a las luchas estudiantiles contra la dictadura, primero en un pequeño grupo de acción y luego en organizaciones de lucha política y ciudadana en las que tuvo un papel muy activo hasta la caída de la dictadura. Para los curiosos de las hemerotecas, es el estudiante que está enfrentándose a una carga de la policía junto a la estatua de El portador de la antorcha en la universidad de Madrid, según puede verse en una foto muchas veces repetida en prensa y libros de historia.

Se dedicó a la traumatología y tuvo destino, ya en democracia, en el hospital general de Segovia, donde, cansado de intentar sacar adelante a los que en fin se semana se estrellaban con sus coches en la autopista de Adanero, pidió plaza en Nicaragua en plena guerra con la contra. Durante años dedicó sus esfuerzos a organizar hospitales de campaña en medio de la guerra y a formar gente para mantener este tipo de hospitales. Tenía que sufrir la curiosa contradicción de dedicar su esfuerzo diario a montar hospitales por el país en guerra llevando siempre a mano su necesario kalashnikov.

Acabada la guerra en Nicaragua pidió destino en Mozambique justo en los momentos más duros de la posguerra. Cientos de miles de minas antipersona causaban los peores estragos en el tercer país más pobre del mundo, la violencia en la vecina Sudáfrica y en Angola se extendía sobre todo el cono sur de África, la miseria ahogaba al país, profundamente desestructurado y de una gigantesca extensión, sin comunicaciones estables, sin maquinaria, medios de comunicación, ni medicinas. Volvió a organizar hospitales por todo el país, viajaba a Europa para conseguir medios, aparatos y medicinas, voluntarios y financiación, volvía a Mozambique y trabajaba en todas las tareas precisas, sin que nunca le pareciera ninguna de poca categoría, ni ninguna extraordinaria. Era su vida y su labor. Era algo, para él, normal.

Llevaba casi veinte años dedicado a estas funciones y en el último periodo había organizado una o­nG, con el nombre Consejo Interhospitalario, que él mismo dirigía y que tenía proyectos desde Cabo Verde hasta Mozambique.

La muerte le ha sorprendido lleno de vida. Siempre fue hombre sabedor del papel que jugaba en ella. Nunca actuaba por conveniencia, ni se dejaba llevar por presiones, modas o intereses mezquinos, siempre actuó por pasión y por su propia voluntad, por su más profundo convencimiento. Eso le hacia difícilmente clasificable, por eso no podía ser militante de partido ni activista de parte, sino un hombre que seguía adelante en su lucha apasionada estuviera acompañado y acogido por muchos, por pocos o por nadie. En la vida hacía lo que él pensaba que debía hacer, en compañía de otros o sólo si hubiera llegado a darse el caso, pero lo hacía.

Era vital, y era descreído, con un punto de ironía sobre los creyentes, fueran religiosos o laicos, sobre los convencidos, sobre todos los seguros de sí mismos. Él, que no le importaba no estar seguro de muchas cosas a las que otros dan quizás excesiva importancia, sólo estaba seguro de su vida y de su acción. De su vida, en la que siempre buscaba lo mejor, la charla con los amigos, la pasión sentimental, la mano extendida a los que le buscaran, los buenos ratos con sus hijos y nietos. Nunca desdeñó esos buenos ratos, ni una botella de buen vino, ni una buena comida, ni un paseo agradable, ni un buen cante flamenco, ni cualquier verdadero regalo para esa vida que de forma tan humana sabía llenar, y que hoy le falta.

Y al faltarle a él, nos falta a todos los que le conocimos y pudimos disfrutar de su amistad, de su compañía, de su cercanía y de su cariño. Pero nos queda algo que vale muchos en un mundo donde prima lo superficial, lo indigno, lo rastrero, lo comercial, los lugares comunes. Nos queda la imagen de un hombre fundamentalmente bueno, digno, luchador, idealista práctico, lejos de teorizar inutilidades, practicaba realidades útiles para miles de personas en el mundo. No conocía fronteras, a él que tan duros se le hacían los idiomas que no fueran el suyo propio, no conocía razas más que la humana, él, que era tan profundamente europeo, y tan hijo de la Revolución Francesa y del humanismo existencial de nuestro pasado siglo, no conocía intereses económicos, él que tanto esfuerzo dedicaba a reunir dinero para otros, no conocía la envidia, ni el miedo, ni tantas cosas que son moneda común para otros y que él valoraba en nada.

De él habremos de decir que en realidad su patria era el mundo y su familia la humanidad, y eso, como pasa siempre en quien de verdad piensa así, le unía profundamente a su propia tierra y a su gran familia. Y así su herencia, en humanidad y bonhomía, hoy se habrá de esparcir por todo ese ancho mundo y esa ancha vida hacia los que tanto le unía y a los que tanto amó.

Juan Barceló

Periodista, editor y compañero de viaje

Vocal de Archivo Guerra y Exilio
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