21 de septiembre de 2008

Testimonio de un inmigrante


Africanos+europeos, originalmente cargada por sagabardon.



Mohamed El Morabet es un inmigrante marroquí en España que trabaja como Coordinador del Grupo IN Intercultural Nekor. No es precisamente un paterista. Es una persona que posiblemente conozca la cultura española mejor que la mayoría de nosotros. Es un estudioso de los problemas de la integración y la "interculturalidad".

Escribe sobre los cambios y las transformaciones que ha tenido la ocasión de vivir en España. Sobre los conflictos culturales a los que debe enfrentarse en el día a día.

Este es su testimonio. Acabo de leerlo en INFOMEDIO, una interesante revista digital que trata sobre asuntos de Oriente Medio. Me ha dado permiso para publicarlo. Al final escribiré algo de mi propia cosecha sobre el tema.

“Todavía me acuerdo, cuando les anuncié a mis amigos y conocidos que venía a España, todos me deseaban suerte y envidiaban la que tengo, sobre todo por que me decían que iba a conocer una cultura diferente, unas costumbres diferentes y por supuesto la Alhambra, el Museo del Prado, la Giralda, el Museo Reina Sofía...

Ahora que pasó tiempo me pregunto ¿hasta que punto ha sido así? Tengo que confesar que una vez en España, encaminando mi nueva vida, como un nuevo observador de la cultura del día y día, esa curiosidad por conocer los monumentos famosos españoles dejó de formar parte de mis preocupaciones, o creo que la reemplazó otra curiosidad, la de conocer lo menos famoso de la cultura española, pero que a mi juicio es lo más cercano, como aprender nuevos códigos de comunicación.

También me llama mucho la atención cómo cambió mi percepción del tiempo, de la comunicación. Otras pautas culturales aparecieron enseguida y enseguida la hice mías. Creo que las vivo con los mismos sentimientos y con la misma intensidad. No voy a negar que me gusta la siesta, el aperitivo y salir de juerga. Más aun, son costumbres que adquirí en estos últimos años, que de un modo u otro forman ya parte de mi vida. Es algo extraño, pienso a veces ¿Cómo costumbres que ni conocía hoy son parte de mi vida? Después de cuatro años, tuve la oportunidad de hacer de guía turístico para unos familiares que visitaban España.

Por fin conocí el Museo del Prado y la Alhambra. Me di cuenta entonces de que no tenía necesidad de visitar estos sitios, porque me pareció que ya conocía la esencia de la cultura española sin echar de menos esos lugares; entendí que todo lo que adquirí en los últimos años era suficiente para hacer de la cultura española algo mío, algo que forma parte de mi nuevo discurso. Es una sensación de propiedad casi inconsciente, algo así como el resultado de una guerra entre el pasado reciente y pasado lejano que me sirve para comprender el presente. Vivo inmerso en el contexto de la diversidad socio-cultural española, y veo que esa diversidad es a su vez una ventaja y una desventaja.

Las ventajas, que intento aprovechar, comienzan por las muchas posibilidades del crecimiento socio-cultural hacia un diálogo constituido y un discurso común entre las diferentes culturas que conviven en un solo territorio; sin embargo esta diversidad y su trabajo de construir una convivencia intercultural son frágiles y están amenazadas por el dominio de las leyes de vivencia y convivencia que dan lugar a que exista un dominante y un dominado. ¡Cuántas veces me he sentido herido al ver cómo son tratadas las personas de mi cultura que manifiestan con signos externos esa pertenencia, sobre todo las mujeres!

Mis discursos sociales se hacen añicos cuando compruebo que la nueva y moderna educación de la ciudadanía no puede centrarse sólo en conseguir que quien viene de lejos se integre, sino que ha de incluir el difícil reto de que, quien no viene porque está aquí, vive aquí y ha nacido aquí, respete al de fuera, su lengua y sus costumbres. Y compruebo también, en mi trabajo, que lo primero es difícil y tal vez tarde varias generaciones en producirse; pero que lo segundo es utópico. Tanto como ese anuncio de TV en el que una señora mayor habla suhahili interesándose por un aparato de música que porta un "extraño".

¡En cuántas ocasiones he comprendido perfectamente la tendencia al aislamiento que manifiestan los grupos procedentes de distintos países! Parece que esa sea la única forma de refugiarse de las agresiones externas: viven en los mismos barrios, tienen sus propias tiendas, sus peluquerías y sus bares, hablan entre sí sus lenguas y han decidido reproducir y vivir sus fiestas y sus costumbres incluso mucho más de lo que lo hacían en sus respectivas tierras, sin duda que para acentuar su identidad. Pero aunque lo entienda, me doy cuenta de que se trata de un camino erróneo. Con eso sólo conseguirán ser aún más "diferentes", y no están trabajando precisamente para la igualdad en consideración y en respeto. Por otra parte, ese aislamiento choca de frente con la "integración" que supone la educación escolar para sus hijos e hijas, que es igual para todo el mundo, ya que lo que no han conseguido, por ahora, son escuelas especiales.

¿Cómo enfrentarse a todos estos problemas, a los que ya existen y a los que irán apareciendo en el futuro? Creo que sería interesante estudiar lo que ha sucedido en países que ya llevan más años que España en esta historia, como Inglaterra y Francia, lo que esos países han hecho y qué resultado han tenido esas iniciativas. Así se aprendería sobre posibilidades realmente interesantes y sobre otras que pueden no tener buen resultado.

Un ejemplo: he trabajado en un Ayuntamiento de la Comunidad de Madrid como encargado de la asistencia a personas extranjeras con problemas. Un padre musulmán vino a contarme cómo una de sus hijas, de 15 años, se negaba a vestirse del "modo apropiado" y se declaraba atea, socialista y feminista porque quería ser "como las demás". Me encontré ante un dilema: por un lado opinaba yo que esa chica tenía razón en sus reivindicaciones, aunque pudiera estar exagerando por razones de edad; por otra parte mi deber era mostrarme comprensivo ante un padre preocupado por la pérdida de su identidad, porque ese padre no estaba luchando por la chica, o al menos no del todo, sino que lo hacía por él mismo y su autoestima. Me encontré intentando contemporizar y sin tener nada claro que decir o que aconsejar. Me encontré perdido. En muchas otras ocasiones me he encontrado así; en esos casos, la comprensión de lo que es o no es el Patrimonio cultural de un pueblo no sirve de mucho si no sabes si defenderlo, rechazarlo o mezclarlo. Intento seguir por este último camino y el resultado es algo nuevo: estamos creando otro Patrimonio, y tendremos que luchar para conseguir que sea aceptado. La inteculturalidad no es la unión de dos culturas, sino la creación de algo diferente, algo híbrido que incluso a nosotros, quienes lo estamos creando, nos extraña. Pero qué difícil.”

Hasta aquí el testimonio de Mohameh. Escribo desde Ribadeo, pequeña ciudad en el extremo noreste de Galicia. Hay, todavía, pocos inmigrantes. En los bares, en los hoteles, en las tiendas y en el servicio doméstico acompañando a gentes de la tercera edad empiezan a hacerse visibles. Esta no es una ciudad muy cosmopolita. A personas que llevan viviendo y trabajando aquí mas de 20 años, incluso gallegos procedentes de la misma provincia, no se les considera “naturales” del pueblo. Me pregunto como será la integración. Si tendrán que aguantar los comentarios, entre inocentes y maliciosos, dificil frontera, en los centros de salud sobre “los de fuera” nos quitan nuestros derechos. Si se acostumbraran al señoritismo aquel de “como los camareros de aquí” ninguno. Si la gente agarrará el bolso con mas fuerza al cruzarse con ellos.
Solo son preguntas. Creo que el escrito de Mohameh es una pequeña luz de conocimiento. Él se ha interrogado ya y se va dando respuestas.
Ustedes dirán.
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