1 de noviembre de 2007

Día de los Difuntos o de Todos los Santos o Halloween


Estructuras 01, originally uploaded by Xosé Castro.

Una de las consecuencias mas tontorronas de la globalización es convertir el día de los difuntos en una especie de carnaval infantil. Cuando las costumbres extrañas se importan se pierde el sentido original de las tradiciones y se cuela de rondón lo menos sustancial de las mismas. Eso es lo que pasa con Halloween.

Pero bueno dejémonos de fiestas de importación y de “tradiciones” ajenas. Dentro de unos años y con las bendiciones del Corte Inglés nuestros niños pensaran que Halloween fue inventada por los conquistadores españoles de La Florida. Es como lo de las uvas de nochevieja, que nos creemos que es una fiesta antiquísima, de los reyes godos digamos, cuando es un invento de unos comerciantes espabilados de hace menos de 100 años.

La cuestión es que el rito de recordar a los muertos es posiblemente el mas antiguo entre los celebrados por el homo sapiens. Algunos antropólogos afirman incluso que el hecho de enterrar a los muertos es el hito cultural fundamental que nos diferencia de las bestias.

En España y otros pocos países latinos, singularmente en México con sus calaveritas incluidas, se conserva muy viva la costumbre de visitar los cementerios. Sobre todo en las clases populares de origen rural. Todavía están presentes entre nosotros las abuelas al estilo de las que retrata Almodóvar que tienen a gala acudir con un cubo de agua y flores a arreglar las tumbas de sus “seres queridos”.

Recuerdo de mi infancia la visita al cementerio del Este. No era raro, no se si ahora pasa lo mismo, que los padres llevasen a los niños a esas concentraciones familiares. Recuerdo como mis tíos y mis primos nos concentrábamos en la plaza de Manuel Becerra, creo que entonces se llamaba Plaza de Roma. Algunos iban en coche particular, recuerdo el Citroen de mi tío Román. Otros en autobuses piratas, las famosas camionetas, viejos cacharros que se utilizaban entonces para ir al fútbol los domingos también, al campo de Chamartin. Y otros, los mas esforzados, andando. Las calles llenas de gente, de puestos de flores. Un bullicio colosal. Colas para atravesar las hermosas puertas del cementerio y sus calles y plazas. Y dentro del cementerio las discusiones sobre si el abuelo estaba por aquel o por el otro sitio. Las dudas siempre las resolvía mi tío Francisco. Jerarca indiscutido entre mis tíos en cuestiones funerarias. No en vano siempre le tocaba ocuparse de las gestiones administrativas en caso de fallecimiento de algún familiar.

Recuerdo que todo esto para mi era una fiesta. No se si por la libertad que gozábamos los niños en tales manifestaciones o por mi lado morboso a lo Espronceda. Si uno tenía que demostrar su lado compungido pues se demostraba y punto. Puede que te ganases alguna colleja por no demostrar respeto pero el caso es que recuerdo la celebración con agrado.

Una de las partes mas serias de la tradición era la visita al cementerio civil a visitar la tumba de Pablo Iglesias y de Pi y Margall. Creo que este rito era una de las pocas formas de manifestación libre de las ideas que se podía mantener en aquellos años. La devoción de mi padre y de mis tíos a Pablo Iglesias me fue transmitida y siempre que tengo ocasión giro visita al viejo patriarca del socialismo español. También a Pi y Margall, un poco mas adentro de la puerta- Pablo Iglesias está justo a la entrada. Pi y Margall, un hombre que dimitió como presidente de la Primera República para no tener que firmar una sentencia de muerte.

La fiesta continuaba en casa. Se celebraba una comida familiar, pues llegaban los parientes del pueblo y había que acogerlos debidamente. Recuerdo que uno de los platos obligados era un guiso de huevos albardados con bacalao. Puede que fuese una tradición familiar propia. No recuerdo para nada lo de los buñuelos de viento tan comercializados ahora; si recuerdo los huesos de santo. Lo que si me viene a la memoria vivamente era el recital de cuentos y chistes de mis tíos, sobre todo de mi tío Román, el gracioso oficial de la familia. Era descacharrante oírle contar cuentos de difuntos en un francés macarrónico. Le difunté, le funeralé. Cucharé, tenedorité.

Hoy, con la amplia difusión de las cremaciones, la fiesta me imagino que tendrá tendencia a decaer. La falta de un punto de encuentro físico puede que sea un obstáculo insalvable para organizar encuentros. Y la lejanía que nuestra sociedad muestra hacia la muerte. Si mi tío Román viviese diría también que lo que pasa es que hoy no se muere nadie.

Los pueblos y las ciudades hasta hace pocos años tenían el cementerio como un lugar visible, cotidiano. Hoy los cementerios modernos son como parques anónimos. Hemos pasado de barrios enteros dedicados a los nobles oficios funerarios como los que recuerdo de las calles que se dirigían al Este, llenos de solares y talleres de marmolistas, tallistas y cerrajeros a instituciones campestres a la americana. De barrios como el actual de Chamberí que fueron en su día enormes extensiones de campos santos- todavía de vez en cuando afloran enterramientos del siglo XIX y tengo amigos, mi amigo Justo que vivió y vive en la calle Gaztambide, que me cuenta que era bastante fácil jugando al fútbol en lo que es hoy el estadio de Vallehermoso encontrarse huesos y hasta calaveras- a edificios tanatorios funcionales pero escondidos en la trama urbana.

Pues lo dicho, feliz día de los difuntos. O halloween.


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