2 de febrero de 2007

"Carnavales, eran los de antes"


tablado, originally uploaded by ladelentes.

Montevideo. Crónica del corresponsal del “Ángel de Olavide”, licenciado Sergio Medina

Tal vez por ser oriental (que no uruguayo), nací con un par de ojos en la nuca. Y cuando leo en la prensa que en nuestro país acaba de comenzar el carnaval más largo del mundo, acude a mi mente la frase "Carnavales, eran los de antes". Si bien no viví los carnavales del Uruguay de las vacas gordas, son tantas las referencias, las fotos, los documentales y los relatos de personas mayores, que me rindo ante la evidencia. Además, quedan en pie algunos restos de aquel pasado esplendor, que se develan a todo aquel que sepa observar haciendo más de una lectura.

La época más gloriosa de nuestro carnaval se ubica entre los años cuarenta y cincuenta del siglo XX. Uruguay era una fiesta: las reformas realizadas por Batlle y Ordoñez a principios de siglo, que supieron asimilar a la gran corriente inmigratoria, habían generado un país de vanguardia en lo que a reparto social refiere y una enorme prosperidad (entre otras cosas gracias a las guerras mundiales y la de Corea, en las que la carne, el corned-beef, la lana y los cueros se pagaban a precio de oro). Era un país donde la clase media era amplia mayoría y la pobreza era decente. Un país donde los hijos de los inmigrantes se habían transformado en profesionales universitarios o especializado en oficios, gracias a la eduación gratuita en todos los niveles. El optimismo de la población se alimentaba también de los triunfos culturales y deportivos y de la incorporación de tecnologías pioneras. El Estado era el gran protector y benefactor y la creciente industria y los servicios hacían que el trabajo no faltara.

En ese ambiente pues, no era nada raro que los carnavales estuvieran rodeados de una fastuosidad sin igual. Los carros desfilaban junto con las murgas y las comparsas de negros y lubolos (blancos disfrazados de negros) por las principales avenidas de Montevideo, adornadas con guirnaldas de luces formando figuras. De esa época viene la frase "fuera de competencia, como el carro de El Chaná". Se trataba de un carro alegórico financiado por la marca de cafés y tés El Chaná (los chanaes eran una tribu de indios que vivían en el litoral del río Uruguay), que todos los años ganaba el primer premio, hasta que, a pedido del público y las autoridades, continuó desfilando pero sin inscribirse en el concurso.

La gente se tiraba papel picado en forma de estrellitas, pequeños círculos y medias lunas, arrojaba serpentinas y se mojaba con los pomos "lanza perfume". Si uno se disfrazaba, podía desfilar detrás de los "cabezudos" o las comparsas. Al terminar el desfile, las opciones eran ir a los bailes y/o a los tablados. Los bailes podían ser de gala, populares, o de máscaras. Entre los de gala, destacaban el del Teato Solís, el del Hotel Casino Carrasco y el del Club Uruguay (frente a la Plaza Matriz). Los populares se celebraban en enormes locales como los de la cervecería Munich -hoy Palacio Sudamérica-, el Montevideo Rowing, el jardín de la Mutual, el Palacio Salvo, o el Éuskaro-Español. También había bailes más "recoletos", como los que tenían lugar en las terrazas de sitios como el Rodelú (apócope de República Oriental del Uruguay) de la rambla de Malvín, o el del club nocturno con forma de fortaleza morisca y minarete incluido que se ubicaba en la rambla del Buceo (hoy funciona allí un museo, mientras que del Rodelú no quedan más que ruinas donde todavía sobreviven las baldosas de la terraza y un par de columnas que supieron tener faroles y ser el sostén de las guirnaldas de luces de colores). Los bailes de disfraces se llamaban "Asaltos de máscaras", y fueron tan famosos que ya desde la época de Gardel se cantaba el tango "Siga el corso" donde se destacaba la belleza de las mujeres de mi pueblo ("...Y entre grito y risa, linda maragata, jura que la mata su pasión por mí..."). Lógicamente que el letrista era un músico de mi pueblo, pero eso la gente no lo sabía y juro que cuando vine a trabajar a Montevideo, en 1978, la gente al enterarse que yo provenía de San José seguía preguntando si era cierto que las mal llamadas maragatas (josefinas sería lo correcto) eran tan bonitas como decía el tango.

Pero no solo el tango animaba los bailes. A las orquestas argentinas de Aníbal Troilo (Pichuco), Juan D'Arienzo (el Rey del Compás) y Francisco Canaro (originario de mi pueblo) y a las orquestas locales, como la del "Potrillo" César Zagnoli, la de Romeo Gavioli, o la de Puglia-Pedroza, se sumaban las mejores que el dinero podía comprar: Los Lecuona Cuban Boys (Orefice, su director, compuso la famosa conga "El carnaval del Uruguay"), Josefine Baker, Louis Armstrong, Maurice Chevalier, Xavier Cugat, Enrique Madriguera, y seguramente me olvido de algunos, pues cada tanto me entero de otras personalidades que estuvieron por aquí.

No puedo terminar este relato sin referirme a los tablados. En cada barrio había uno y competían entre sí, pues se decoraban con grandes muñecos que hacían alguna alegoría picaresca o política. Fuera de ese decorado, con las infaltables guirnaldas de luces, el resto consistía en las tablas apoyadas sobre tanques o barriles, un micrófono y dos parlantes de fácil acople y dudosa fidelidad, muchas veces alimentados por un generador, o robando la electricidad de algún cable aéreo. El público se ubicaba en torno a unas mesitas circulares de 3 patas, sentados en sillas plegables de madera y hierro. Quienes se sentaban debían consumir refrescos o cerveza, de ahí que los menos pudientes se agrupaban a la vera del sector de mesas y permanecían de pie. Las actuaciones no eran solamente de murgas y comparsas de candombe, sino que también habían payadores, folkloristas, solistas de tango y humoristas (Quien esto escribe, supo andar en los tablados, cantando canciones del folklore rioplatense allá por comienzos de los años setenta). Entre actuación y actuación, se vendían números para acertar el número de una especie de ruleta casera clavada a un poste, y se voceaban por los parlantes las bondades de los chorizos y las bebidas del bar que patrocinaba el tablado, a la vez que se publicitaban los comercios del barrio.

El carnaval de hoy sigue vivo y crece año a año, el candombe ocupa un lugar de privilegio en nuestros ritmos folklóricos, los cuplés de las murgas se escuchan todo el año, y algunos escenarios o tablados se mantienen gracias al apoyo municipal o al de grandes empresas o clubes deportivos. Pero aquella fastuosidad se perdió para siempre.

En otra oportunidad les contaré sobre los últimos estertores del Uruguay de las vacas gordas: los festivales de cine de Punta del Este, realizados a comienzos de los sesenta, donde concurrieron figuras de Hollywood y de toda Europa, amén de mexicanos y argentinos (países que por aquel entonces contaban con una industria cinematográfica de enjundia). El Uruguay de oro se hundía por todo lo alto, rodeado de brillos como ese que producen las estrellas cuando mueren. O como el Titanic, que se hundió con todas sus luces encendidas.

¡Y todavía hay gente que no entiende cuando le digo que muchas veces no salgo a caminar por lugares conocidos pues se me aparecen fantasmas a cada paso! Aquí nomás, en mi barrio, están el club del Buceo y las baldosas del Rodelú que ya mencioné. Un poco más allá está la casa que D'Arienzo compró para pasar sus vacaciones, y a pocos metros sobrevive un rancho igual al que Gardel solía acudir con sus amiguetes a comer asados y pescados a la parrilla. Más lejos, en Punta Gorda, está "el chalet de Gardel" (un lujoso chalet con piscina, que un admirador de mandó construir y le regaló, aunque Gardel nunca lo pudo disfrutar ya que falleció durante la gira por Colombia). No soy el memorioso Funes, pero le pego en el palo.


Publicar un comentario
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...