22 de enero de 2013

Después de Rajoy ¿Qué?




A cuenta de los últimos episodios de corrupción política en España y otros acontecimientos señalados, tales como la apertura del proceso secesionista catalán, se han abierto algunas polémicas interesantes. Muchos, creo que anticipadamente, dan por finiquitado el sistema político español nacido en la transición y tratan de adivinar el después qué. Recuerdo un libro de Carrillo de finales de los 60 o principios de los 70 que llevaba el expresivo título de “Después de Franco ¿Qué?”.

He seleccionado como lecturas que dan pie a esta nota dos artículos publicados en el mismo medio de comunicación, el periódico digital eldiario.es: el primero en aparecer fue el del escritor Isaac Rosa titulado “Vale, esto se hunde, ¿y luego qué?” y el segundo de Javier Gallego, periodista y director del afamado programa Carne Cruda- antes en RNE y, después de su despido, en la cadena SER- que lleva el expresivo título de “¿Y ahora qué?”. Antes de seguir les pido que se los lean. Ambos son muy interesantes. Ya les anticipo que estoy más cerca de la visión de Isaac Rosa.

¿Los han leído ya? ¿Cómo se les ha quedado el cuerpo? Como verán ambos coinciden en definir la situación política española como terminal y difieren en un aspecto crucial referido a las posibilidades de nacimiento de un nuevo régimen o sistema que venga a resolver los problemas que nos aquejan.

Ahora toca mojarse. Y empiezo por lo primero. Creo que el sistema actual tiene herramientas para superar, mal que bien, la situación de bloqueo actual y que nos haríamos un pésimo favor si nos creemos que la salida tiene que ser mediante la desaparición de los dos partidos dominantes de nuestro sistema. Siendo verdad que la capacidad de regeneración de ambos partidos brilla por su ausencia, la otra gran verdad es que los dos cuentan, siguen y seguirán contando seguramente, con el auxilio de millones de votantes que les otorgará un protagonismo sustancial en cualquier futuro electoral en nuestro país. Y que eso no es casualidad. Los dos partidos representan la historia, los sentimientos y hasta las devociones de millones de nuestros conciudadanos. No nos equivoquemos. Detrás del PP está la España eterna, esa España de clases medias temerosas de Dios, devotas del orden y de la compostura, practicantes de unos ritos sociales basados en la familia tradicional y en el peso de las costumbres. Y el PSOE a su vez representa el alma de un segmento importante de las clases populares y medias que necesitan del estado para poder defenderse, que quieren igualdad de oportunidades y desean que nuestro país no quede totalmente en manos de empresarios, banqueros, curas, señores feudales y demás clases eternamente favorecidas por el poder en España. Los primeros, los seguidores del PP, por mucho que su corazón se les atragante a veces pensando en soluciones caudillescas, prefieren, escuchando a su razón y a su experiencia, que el proyecto que asocian a su destino esté representado por un partido lo suficientemente democrático como para dar el pego aunque sus dirigentes les parezcan débiles o excesivamente cautelosos. Los segundos por más que su inteligencia les indique que necesitamos un país nuevo que dé un paso al frente y renueve en profundidad sus estructuras temen que un proyecto como ese sea imposible en el mundo y en el entorno en el que vivimos y asumen, posiblemente con un miedo casi genético anclado en la triste historia de nuestro país, que no está el horno para demasiados bollos.

Así son las cosas o así me lo parecen a mí. El horror al vacío es un factor muy importante en política. No es casual que la experiencia histórica que más invocamos para señalar los límites del actual sistema sea el periodo de la Restauración. Los turnos, el sistema clientelar, la forma de llevárselo crudo por parte de banqueros, grandes propietarios y demás poderosos, el peso de la iglesia y el acomodo de las burguesías regionales de aquella época nos resultan tan reconocibles que no dudamos en equipararla a la nuestra. Incluso en su duración. Haríamos bien en repensar, por mucho que la historia no tiende a repetirse, que deriva tuvo aquel régimen y por cuantas circunstancias, tristes circunstancias, atravesó la vida de nuestro país antes de desembocar en la II República. No fue un régimen precisamente amado ni caracterizado por su limpieza democrática ni por su capacidad de regeneración. Sin embargo, y ahora, la historiografía nos permite observar las luces y las sombras de aquel periodo. Sabemos del significado de las aventuras coloniales, de la corrupción de aquel periodo pero también sabemos de la riqueza intelectual en la que España pudo vivir e incluso tendemos a recordad a algunos de sus protagonistas políticos- digamos que Sagasta, que el mismo Cánovas, Canalejas y hasta Romanones por exagerar- con una cierta distancia y hasta respeto histórico. Y de su duración que decir?

También entonces, como ahora, existían fuerzas sociales, intelectuales y políticas con ánimo revolucionario. Algunas incluso a extramuros del sistema. Pero aquellas fuerzas no fueron nunca capaces de expresarse en clave de bloque con posibilidades de superar el régimen de la restauración. La República llego como consecuencia de un pacto que las fuerzas dominantes de la época fueron capaces de armar. Al igual que lo hicieron con posterioridad en nuestra transición. De alguna forma el franquismo fue la continuidad de la restauración aunque fuese, al tiempo, la mejor demostración de su fracaso.

Este es el concepto al que quería llegar. Puede que la salida al actual bloqueo aparente del régimen constitucional nacido en 1978 no sea otra cosa que la expresión de su fracaso y la entrada en escena de un nuevo grupo de poder populista y nacionalista español que tan bien encarnan personajes como Aznar, Aguirre y Mayor Oreja. No es causal que esas gentes estén aprovechando de forma muy inteligente las dificultades del PP jugando a la berlusconiana el hueco que les permite aprovechar la muy posible caída del equipo Rajoy. A muchos, de mi propio campo, se les hacen los ojos chirivitas pensando que una opción de ruptura del centro derecha puede producirse. Lo interpretan como una bendición. Yo les dijo que, al contrario, sería una tragedia que nos retrotraería a viejos e indeseables tiempos.

Nadie puede asegurar como algunos impacientes sostienen que la alternativa al actual sistema sea un nuevo pacto de San Sebastián o de la libertad. Ni siquiera encarnando ese proceso vía personalidades como Garzón, a la italiana manera de los jueces de Mani Puliti, las cosas tienen visos de producirse así. Además, la emergencia de las opciones soberanistas en Cataluña restan potencial a una posible alianza política regeneradora. Esas fuerzas ya no están interesadas en coincidir con otras fuerzas políticas españolas. Incluso la cercanía a esos movimientos soberanistas por parte de sectores y partidos españoles por mucho que se enmarquen en argumentos favorables a la autodeterminación o federalistas pueden restar fortaleza política a los mismos.

Por supuesto que todo lo anterior tiene sentido en el entendimiento de que las salidas posibles tienen anclaje en cambios nacidos en procesos electorales. Si alguno piensa en claves insurreccionales o rupturistas todos estos argumentos no le servirán de nada, hasta puede que les de aliento en su proceder a la vista de las dificultades que insinúo. Por otra parte, y en circunstancias de deterioro tales que permitan anticipar un escenario electoral rupturista parecido al griego, los que sueñan con ello deberían darse cuenta que difícilmente algo similar se reproduzca en España. Son muchas las diferencias históricas, las económicas, el peso en el conjunto europeo, etc. Yo desde luego no apostaría por ello. Por lo menos en un plazo breve.

Y termino. Solo puedo ver una salida a todo esto que pasa por el fortalecimiento de la actual fuerza dominante de la izquierda española que no es otra que el PSOE que permita a esta fuerza armar un bloque electoral y poselectoral a favor de un cambio radical, pero ordenado, del sistema. Un cambio que cuando menos sirva para poder interpretar nuestra actual constitución en clave democrática y progresista mediante un programa de gobierno que dé la vuelta como un calcetín a la deriva antidemocrática y antipopular del gobierno del PP pero también al modelo de gestión de los últimos gobiernos socialistas. Un fortalecimiento que visto lo visto tendrá que producirse de forma traumática pues me resulta imposible identificar al equipo de Rubalcaba con la inteligencia, la fuerza y la voluntad necesaria para ese empeño. El equipo Rubalcaba no ve la oportunidad que se les presenta y sigue atado a una devoción inconsecuente a la institucionalidad formal de la constitución actual. Por ello me imagino que las cosas tendrán que pasar por un interregno en el que la espuela para que el PSOE inicie un proceso regenerador propio pase por un nuevo fracaso electoral y la emergencia de una poderosa opción de izquierdas bajo el pabellón, no hay otro, que representa IU.

Por lo dicho hasta aquí ya ven que pido años. Vivimos en una de esas épocas en las que lo viejo se resiste a desaparecer y lo nuevo tarda en presentarse. Siento ser tan cenizo. Otro día armaré la revolución que es realmente lo que a mí me gusta.
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