3 de julio de 2016

Tiempo de silencio y de intrigas





Me eduqué en una escuela política que lo fiaba todo a una metodología muy precisa de discusión y a una orientación a la práctica. Nada de tertulias ni charlas de café. El análisis concreto de la realidad concreta en palabras de Lenin. De lo general a lo particular. Enmarcando siempre el análisis en perspectivas globales. Necesitábamos reconstruir el mundo en nuestras mentes y ordenarlo antes de proceder a explicarnos cualquier menudencia y de esa forma tener una guía de acción para lo inmediato. Luego la vida, el trabajo, las propias relaciones sociales te ayudan a minimizar y relativizar esas ceremonias del pensamiento. Tiendes, además, con los años, a crear mecanismos de reflexión propios y a dibujar escenarios y explorar perspectivas más creativas o menos dogmáticas. Hablo de mi caso pues no siempre es así. Hay personas que gustan del orden discursivo cerrado y se quedan enganchados en fórmulas y hasta en liturgias de pensamiento y de reflexión.

Viene todo esto a cuento de entender la situación política actual. Los mejores cerebros de este país, los gabinetes políticos, los medios de comunicación, los poderes económicos, los académicos de oficio tratan de exprimir al máximo los resultados electorales y encontrar la brújula que les permita anticiparse a los futuros acontecimientos. A mi forma de entender las cosas, los resultados de junio son simplemente una corrección de los de diciembre que no alteran el hecho fundamental de vivir una situación de impasse, de incapacidad del sistema para regenerarse y de la inexistencia de un movimiento orientado hacia un nuevo orden político. En definitiva, estamos en un escenario de crisis largamente incubada en la incapacidad de los partidos turnistas para regenerarse y la corta potencia de los nuevos agentes políticos para convencer a una parte sustancial del pueblo de cambiar de carril.

Miedo. Si, por supuesto. El brexit, el ruido de fondo de una nueva crisis económica, etc. Pero más que miedo, yo creo que ya estamos curados de espanto, incertidumbre. Dudas sobre el mejor camino, sobre el modelo que España necesita para situarse en un orden económico y político internacional cambiante y complejo. Los votantes no adivinan por donde viene el futuro y ante la incertidumbre o se manifiestan insuficientemente a favor de lo conocido o restringen su apoyo a lo nuevo. Pero sin lo contundencia que permita adivinar a que bloque se le va a consentir tomar la iniciativa. Si a un bloque continuista que exigirá mecanismos de acuerdo entre los partidos del turno constitucional o a unas nuevas fuerzas de cambio insuficientemente preparadas según el criterio de muchos. Seguramente la gente confía en que los partidos sabrán encontrar la fórmula o por lo menos tomarse un tiempo antes de volver a someter al cuerpo electoral a una nueva tortura en forma de terceras elecciones.

Pues en esas estamos. El PP fortalecido en su moral por haberse librado del peligro mortal que hubiera supuesto un acuerdo transversal entre PSOE, Podemos y Ciudadanos. El PSOE aliviado por no haber sido descabalgado de la primogenitura de la oposición. Podemos aprendiendo la lección de la imposibilidad de asaltar los cielos con un palito y un cordel y Ciudadanos suspirando por haber mantenido su espacio, bien que minimizado, a pesar de la campaña del miedo que les ha convertido en víctimas secundarias. Ahora toca tomar decisiones y calcular los pasos a dar. El PP explotando el miedo de todos ellos a una nueva convocatoria electoral. El PSOE tratando de encontrar un nuevo liderazgo y una aguja de marear que les señale el futuro. Podemos iniciando su larga marcha y reforzando su liderazgo y sus mecanismos de influencia social y Ciudadanos cuidando de no resbalarse y eligiendo ser cola de león o cabeza de ratón.

Yo no tengo una bola de cristal. Pero me da la sensación de que el PP formará un gobierno monocolor en precario gracias a un acuerdo de investidura con C,s y a la abstención de última hora y vergonzante de un PSOE en busca de tiempo para acomodar su estrategia. Ese gobierno con un programa mínimamente reformista tendrá dificultades desde el inicio para legislar o aprobar presupuestos, pero permitirá al PP renovar sus equipos y encontrar un nuevo liderazgo para las próximas elecciones. Podemos podrá aclarar su proyecto seguramente renovando su programa de cambio constituyente.

Pero será la coyuntura económica y el devenir de la crisis europea lo que determine, en definitiva, el porvenir. Me temo que si Alemania no se pone las pilas esto no lo arregla ni Dios.
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