8 de septiembre de 2009

El debate sobre la prostitución en España

African Women on Calle Montera



Siempre ha sido objeto de controversia el tema de la prostitución en España. Afortunadamente las opiniones de unos y de otros trascienden los límites de la ideología política y en esa medida apenas se producen situaciones de enfrentamiento o broncas entre los ciudadanos. Solo cuando por medio se meten los periódicos o las televisiones, menos mal que los partidos políticos por una vez no suelen meterse en estos enredos, la cosa cobra cierta relevancia que no altura de miras precisamente. Suelen los medios envenenar muchas veces el debate más que aclarar las cosas.

He conocido abolicionistas y partidarios de la ordenación del viejo oficio de todas las edades, clases sociales e ideas políticas. Gentes muy de derechas partidarias del ordenamiento y gentes muy de izquierdas que proponen la simple y dura prohibición de la práctica de la prostitución en cualquier circunstancia. Y al revés. He llegado a conocer propuestas de convertir a las prostitutas en funcionarias públicas y a personas que creen que la solución es meterlas en la cárcel a ellas o a sus clientes o a las dos partes.

Yo no tengo una solución para el problema que pueda satisfacer a todo el mundo. Primero porque muchos lo único que aspiran es a que el problema no figure en la agenda del día y lo que propugnan es una especie de laissez faire. Otros persiguen sin embargo la abolición por decreto de la prostitución. Y una mayoría que se sitúa en diferentes puntos intermedios propugnando políticas de regulación de distinto tipo que van desde la profesionalización y hasta la creación de empresas dedicadas en régimen industrial a la organización, eso sí, discreta de los circuitos logísticos dedicados al puterio hasta los que solo les molesta la visión callejera de las putas y que simplemente con una ordenanza que prohíba la prostitución en las calles ya se sienten satisfechos.

Pienso que las cosas no son tan fáciles. Primero digamos que el ejercicio de la prostitución no puede ser legalizado por la simple razón de que ya es plenamente legal. No se me echen encima. Díganme en que texto de nuestra constitución o leyes fundamentales se prohíbe la venta de lo que pudiéramos llamar servicios sexuales. Es verdad que no todo lo que no esté prohibido explícitamente en las leyes está permitido pero en España no existe ninguna jurisprudencia, ningún antecedente, que haya sancionado penal o civilmente a persona alguna por el ejercicio de la prostitución. Habrá, de hecho hay, cientos de sentencias y de penalizaciones por delitos o faltas contra las libertades de las personas, contra la salud pública, por proxenetismo o contra elementos periféricos asociados a veces a la práctica de la prostitución. Pero ninguna, que yo sepa, por el simple hecho de que un hombre o una mujer, empecemos por reconocer que ambas prostituciones existen, haya cobrado a cambio de un favor sexual libremente consentido.

Una vez entendido ese concepto que muchas personas ignoran digamos que es imposible bajo esa premisa que un ayuntamiento, un poder policial o cualquier autoridad prohíban a las prostitutas ejercer su “oficio” en circunstancias normales.

En este panorama los “reglamentistas” vienen a decir que si se regula como oficio la práctica de la prostitución ello obligará a la extensión de facturas, ivas y demás impuestos propios del tráfico mercantil. Y que además eso será una fuente de ingresos para el Estado. En ese cuento de la lechera se dice que con ese dinero se podría rescatar a las putas obligadas al oficio por las redes mafiosas. Podríamos llamar a los partidarios de estas medidas como industrialistas de la prostitución o favorables a ello.

Mientras tanto los abolicionistas propugnan, en diferentes escalas a gusto del consumidor, la simple declaración de la prohibición del ejercicio de la prostitución o del intercambio de sexo por dinero. En unos casos con penalizaciones para las prostitutas y en otros para los paganinis.

Pienso que cualquiera de esas dos visiones se enfrenta a la realidad de la calle y a la pura definición legal. Por poner un ejemplo: a ningún fontanero o bricoleur se le prohíbe arreglar los grifos de sus vecinos gratis et amore por lo que los reglamentistas tienen difícil, mas en un país como España tan amigo del fraude fiscal, evitar la libre práctica de la prostitución de manera no reglada. Incluso puede que sea difícil el conseguir que se practique solamente en locales cerrados por prescripción legal. El mismo ejemplo nos sirve para evidenciar la dificultad en demostrar por parte de las autoridades de prostitución si no se demuestra el pago y con ello la dificultad de resolver el problema mediante el mecanismo de la abolición por decreto. Los partidarios de uno u otro comportamiento se sirven para avalar sus ideas de la exhibición del supuesto éxito de la legislación holandesa, muy permisiva o del modelo sueco, muy prohibicionista, sin decir que en ambos países las opiniones públicas siguen divididas y los éxitos o fracasos son bien relativos. Aquí los bandos en liza tienen la tendencia de vendernos las bondades o maldades de ambos modelos sin tener en cuenta la realidad grisoscura de los mismos.

Descartada en principio la puesta en marcha, por lo menos en sus definiciones más radicales, de ambos modelos por su dificultad de encaje legal o por la imposibilidad de su aplicación solo parece que nos queda enfrentarnos al problema al modo leninista. Otra vez se me asustan. Lo siento si se han creído que propugno el modelo de los soviets, muy abolicionista por cierto. Modelo leninista en el sentido de partir de la “realidad concreta” para sostener las acciones y promover las leyes oportunas. El ánimo ideológico que alienta a los abolicionistas en sus distintas versiones: lucha contra las estructuras patriarcales o por la liberación social de las mujeres en el modo rojo-progre o defensa de la sagrada personalidad de la Mujer en el modo cristiano-redentorista me resulta reduccionista.

Por último tanta defensa de la mujer en abstracto creo que elimina la voz de las mujeres concretas, las reales mujeres que viven, que padecen el mundo de la prostitución. Por su parte el ánimo mercantil o de “quíteme este problema de la calle donde vivo” que da suelo teórico a los partidarios de la regulación me parece de corto alcance. Yo comprendo a los de la Boquería o a los de la calle Montera pero tengo que decir que los daños a la sociedad del puterio callejero exhibicionista solo afecta a una pequeñísima parte de nuestras grandes ciudades. Que en la mayoría de las ciudades y pueblos de España la práctica de la prostitución se hace de manera sensiblemente “ordenada” desde el punto de vista del orden callejero. Otra cosa es que detrás de la prostitución se escondan mundos paralelos sórdidos. Ese es otro debate. Existen leyes suficientes que persiguen el proxenetismo, la trata de blancas y el tráfico de emigrantes. Yo exijo que se cumplan de la A a la Z. Si las leyes actuales son insuficientes pues dotémonos de nuevas leyes, nuevos instrumentos y nuevas políticas.

Ya les decía que no tengo recetas. Si quieren de mí que me pronuncie contra la prostitución lo tienen fácil. Me declaro profundamente en contra. Me apena que uno en su ingenuidad hubiera pensado que este estigma social iba a desaparecer con la emergencia de las libertades sexuales de los 60. Nunca me hubiera imaginado que la prostitución hoy se hubiera convertido en una especie de deporte para un sector significativo de nuestra juventud. Que ser putero, que en la generación de nuestros abuelos no tenía un significado particular y que en la mía era sinónimo de marginado hoy apenas moleste a la sensibilidad de nuestra ciudadanía. En ese sentido me siento más cerca de la mentalidad abolicionista. Pero al final me da más pena todavía pensar que las pobres putas, seres indefensos de nuestras ciudades, sean quienes tengan que pagar el pato, se conviertan en el pato expiatorio, de la corrupción y la empanada mental que sufren hoy en día nuestras sociedades.

Por lo tanto mi recomendación y mi deseo es dejémonos de engañar y de engañarnos. Hablemos con los protagonistas, las propias putas. Afeemos desde todos los puntos de vista a los clientes de las prostitutas llamándoles lo que son: puteros de mierda y procuremos resolver los problemas del día a día con tranquilidad y buenos alimentos. Y sobre todo no nos confundamos de debate y no salgamos con nuevas leyes a las que somos tan aficionados.
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